Bará: el dueño de las llaves
- Nota del autor: desde dónde escribo
- Cómo leer este estudio: una advertencia necesaria
- El nombre: por qué en el sur decimos Bará
- Quién es Bará
- El Batuque: la religión que lo trajo hasta nosotros
- Un mismo principio, muchos nombres: Exu, Eleguá, Legba, Bará
- Bará no es el diablo: historia de una difamación
- El más humano de los Orixás
- Los itans de Bará: tres leyendas y un fundamento
- Las cualidades de Bará, una por una
- El Bará del Mercado y el Príncipe Custodio: historia documentada
- Los símbolos: la llave, el hierro, el siete, el lunes, el rojo
- La mesa de Bará: lo que la literatura documenta sobre sus ofrendas
- El orden del toque: cuando el cuerpo repite el gesto de Bará
- Sincretismo: San Antonio, San Pedro y el debate actual
- Bará en el Río de la Plata
- Lo que no se dice: el fundamento del silencio
- Palabras finales
- Glosario para el lector que llega de afuera
- Referencias
1 · Nota del autor: desde dónde escribo
Escribo esto sin más credencial que la que da la vida vivida adentro de un terreiro: mi fe, mi linaje religioso y los años que llevo aprendiendo —porque de esto nunca se termina de aprender— junto a quienes me precedieron en la Nación. Esa es la única autoridad que reclamo, y es también la que me obliga a la responsabilidad: no escribir por escribir, sino investigar con el mismo cuidado con el que se limpia un asentamiento, contrastando cada dato, descartando lo dudoso y dejando afuera todo lo que suene a folclore de librería.
Por eso este texto no se apoya en enciclopedias abiertas ni en resúmenes anónimos de internet, sino en la obra de quienes han dedicado su vida académica o su sacerdocio a documentar seriamente el Batuque: antropólogos que convivieron veinte años dentro de los templos, historiadores que rastrearon archivos y procesos judiciales de hace un siglo para reconstruir la vida de nuestros mayores, y sacerdotes que escribieron, desde adentro de sus propias Naciones, sobre el Orixá que hoy me convoca.
Aclaro, porque la honestidad es parte del fundamento: no escribo para enseñar religión. Nadie recibe el axé leyendo un blog; eso solo ocurre en el cuarto de santo, de la mano de quien tiene la autoridad ritual para transmitirlo. Escribo para visibilizar —para que una tradición tantas veces caricaturizada sea, aunque sea por un momento, mirada con la seriedad que merece—. Si usted es religioso, nada de lo que lea aquí reemplaza la palabra de su Pai o de su Mãe de Santo. Si no lo es, ojalá al terminar esta lectura entienda por qué millones de personas, desde Porto Alegre hasta Buenos Aires, saludan primero al dueño de las llaves antes de pedir nada al cielo.
Y una aclaración más, que repetiré a lo largo de todo el texto porque nunca sobra: todo lo aquí descrito pertenece a una mirada situada, la de la Nación Nagô-Jeje. En la Cabinda, en la Ijexá o en la Oyó, ciertos nombres, cualidades, comidas y fechas pueden variar. Ninguna de esas variantes es menos legítima que otra. Todas son ramas de una misma raíz africana que el tiempo y la distancia no lograron secar.
2 · Cómo leer este estudio: una advertencia necesaria
Las religiones de matriz africana no son un bloque uniforme. Dentro del propio Batuque conviven distintos lados o naciones —Oyó, Ijexá, Jeje, Nagô, Cabinda, y sus combinaciones históricas como la Jeje-Ijexá o la Nagô-Jeje—, cada una con su fundamento, su ritmo de tambor, su lengua ritual y sus maneras de servir a los Orixás. Y afuera del Batuque existen tradiciones hermanas —el Candomblé de Bahía, la Umbanda, la Kimbanda, el Vodú haitiano y beninense, la Regla de Ocha cubana— que comparten raíz pero desarrollaron teologías, litúrgias y hasta panteones parcialmente distintos.
Por eso, cuando en este texto se diga «así se hace» o «así se llama», debe leerse siempre con un asterisco invisible: así se hace en la tradición que yo conozco y en las fuentes que cito. Donde sé que hay variación documentada, la señalo expresamente. Donde el fundamento es secreto, lo digo y me detengo. Y donde la historia y la leyenda se mezclan —como verán que ocurre con el Príncipe Custodio—, presento las dos versiones y dejo que el lector piense.
3 · El nombre: por qué en el sur decimos Bará
En el Batuque no decimos Eleguá, y rara vez decimos Exu para referirnos al Orixá. Decimos Bará. Es el nombre con el que esta misma fuerza sagrada —la que abre y cierra los caminos entre los hombres y los Orixás— es conocida en el sur de Brasil, en Rio Grande do Sul, desde donde el culto se extendió también al Uruguay, al Paraguay y a nuestra Argentina.
El nombre no es un capricho regional: tiene etimología. La explicación más difundida entre estudiosos y sacerdotes lo hace derivar del yoruba Elegbara —de Elé, «dueño» o «poseedor», y agbara, «poder», «fuerza»—: «el dueño del poder». De Elegbara a Legbara, de Legbara a Bará: el nombre viajó y se pulió como se pulen las piedras de río, pero conservó adentro la palabra poder. Algunos mayores advierten, con razón, que no debe confundirse esta raíz con la palabra yoruba ará («cuerpo»), que suena parecido pero es otra cosa: las semejanzas fonéticas son trampas frecuentes cuando se estudian lenguas rituales.
Que el sur de Brasil haya adoptado precisamente ese nombre —y no Exu, dominante en Bahía y en el sudeste— dice algo del propio Batuque: es una religión con personalidad propia, que no es una sucursal del Candomblé ni una copia de nada, sino un desarrollo original de las poblaciones africanas y afrodescendientes del extremo sur, con sus propias fuentes africanas, su propia historia de formación y su propio vocabulario sagrado.
4 · Quién es Bará
Bará es, en nuestra tradición, la divinidad de las encrucijadas y de los caminos; el señor del movimiento, de la comunicación y del comercio; el portero cósmico sin cuyo consentimiento ninguna puerta se abre, ni en este mundo ni entre este mundo y el otro. No hay ceremonia posible sin él. Los mayores de mi Nación enseñan que, sin su beneplácito, ningún otro Orixá puede ser alcanzado, y por eso Bará es siempre el primero en ser llamado, el primero en recibir la ofrenda, el primero en abrir la puerta que da paso a todo lo demás.
El sociólogo y antropólogo Norton Figueiredo Corrêa, autor de la obra de referencia sobre esta religión —O Batuque do Rio Grande do Sul: antropologia de uma religião afro-rio-grandense, fruto de veinte años de trabajo de campo conviviendo dentro de los templos— explica que el Batuque probablemente surgió en la ciudad de Rio Grande en la segunda mitad del siglo XIX, entre poblaciones de origen jeje-nagô, y que de allí migró hacia el Río de la Plata, donde hoy existen numerosas «casas de religión» en Argentina, Uruguay y Paraguay.
Conviene detenerse en algo que los mayores repiten y que el lector de afuera suele malinterpretar: la primacía de Bará no es capricho ni «egoísmo» de la divinidad. Es una regla de orden y de seguridad litúrgica. Bará es el principio del movimiento mismo: nada circula —ni la palabra, ni la ofrenda, ni el axé— sin pasar por él. Servirlo primero no es adularlo: es reconocer cómo funciona el universo. Cuando se lo ignora, dicen los mayores, los caminos se traban y los trabajos no encuentran dirección; cuando se lo atiende como corresponde, todo lo demás fluye detrás de él, en orden, como los Orixás en la rueda del toque.
«Sin Bará no hay camino. Puede haber deseo, puede haber fe, puede haber ofrenda: pero si el dueño de la llave no gira la llave, la puerta sigue cerrada.»— Enseñanza oral de los mayores de la Nación
5 · El Batuque: la religión que lo trajo hasta nosotros
Para entender a Bará hay que entender primero la casa donde vive. El Batuque es la religión de culto a los Orixás propia de Rio Grande do Sul, el estado más austral del Brasil, formada por africanos y afrodescendientes durante el siglo XIX. A diferencia del Candomblé bahiano —con el que comparte raíz africana pero no organización, ni litúrgia, ni historia—, el Batuque se estructuró a partir de matrices predominantemente jeje (fon, del antiguo Dahomey, hoy Benín) y nagô (yoruba, de la actual Nigeria y zonas vecinas), con aportes de otras procedencias que dieron origen a sus distintos lados o naciones: Oyó, Ijexá, Jeje, Nagô y Cabinda, más las combinaciones que la historia fue tejiendo entre ellas.
Cada nación honra una memoria de origen: Oyó e Ijexá remiten a ciudades y reinos yorubas; Jeje, al universo fon del Dahomey y sus vodunes; Cabinda, a la región bantu del actual enclave angoleño. Que estas memorias sigan vivas, con nombre y apellido, en templos del sur de Sudamérica dos siglos después de la trata esclavista, es en sí mismo uno de los hechos culturales más extraordinarios de nuestro continente, aunque casi nunca se lo cuente así.
Del puerto de Rio Grande y de Pelotas, el Batuque subió a Porto Alegre, donde echó raíces profundas, y desde allí bajó hacia el Río de la Plata acompañando las migraciones del siglo XX. Hoy Montevideo y Buenos Aires cuentan con una densidad notable de casas de religión de matriz batuqueira, y el propio Corrêa documenta esa expansión hacia Argentina, Uruguay y Paraguay como parte de la historia viva de la religión. Cuando un argentino escucha los tambores un lunes por la noche en Lomas de Zamora, en Avellaneda o en La Matanza, está escuchando el eco directo de aquellos templos gauchos del siglo XIX, que a su vez eran el eco de las aldeas del golfo de Benín.
Una particularidad del Batuque que los investigadores destacan una y otra vez: es una religión de Orixá en estado puro. En el rito de nación no se cultivan caboclos ni pretos-velhos —esas son entidades del universo umbandista, igualmente respetables pero de otra línea—: en el Batuque, quien baja es el Orixá. Esa concentración exclusiva en el panteón africano hace del Batuque uno de los cultos considerados más cercanos a las matrices africanas en todo el continente americano.
6 · Un mismo principio, muchos nombres: Exu, Eleguá, Legba, Bará
La diáspora africana no fue un solo viaje: fueron miles de viajes, desde puertos distintos, hacia puertos distintos. Por eso el mismo principio sagrado —el mensajero, el portero, el señor del movimiento— echó raíz en América con nombres diferentes según la tierra que lo recibió. Conocer ese mapa es un acto de respeto hacia todas las tradiciones hermanas:
| Tradición | Nombre | Territorio principal |
|---|---|---|
| Religión tradicional yoruba | Èṅù / Elegbara | Nigeria, Benín |
| Vodún fon / Vodú haitiano | Legba / Papa Legba | Benín, Haití |
| Candomblé | Exu (Orixá) | Bahía y todo Brasil |
| Regla de Ocha / Santería | Eleguá / Elegbá | Cuba y su diáspora |
| Batuque | Bará | Rio Grande do Sul, Uruguay, Argentina, Paraguay |
| Umbanda / Kimbanda | Exus de trabajo (entidades) | Brasil, Río de la Plata |
Y aquí corresponde una aclaración que casi nunca se hace con el cuidado necesario, y que es fuente de confusiones dolorosas: el Bará del Batuque y los Exus de la Umbanda o de la Kimbanda no son lo mismo, aunque compartan nombre de familia y territorio simbólico. Bará es Orixá: divinidad africana, fuerza de la naturaleza, principio cósmico. Los Exus y Pombagiras del universo umbandista y kimbandista son entidades: espíritus que trabajan, con su propia historia, su propia litúrgia y su propia dignidad. Confundir uno con otros es como confundir el océano con los barcos que lo navegan. Quien escribe estas líneas honra a ambos universos, cada uno en su lugar y con su fundamento; pero el protagonista de esta entrada es el Orixá.
7 · Bará no es el diablo: historia de una difamación
Cuando los misioneros europeos llegaron al África occidental y se toparon con Èṅù-Elegbara —una divinidad ambivalente, dueña del movimiento, presente en cada mercado y cada encrucijada, sin cuerpo de doctrina escrito que la «domesticara»— hicieron lo que hicieron con casi todo lo que no entendían: lo tradujeron a su propio mapa. Y en su mapa, el que está en las encrucijadas, el que prueba a los hombres, el que exige ser atendido primero, solo podía ser una cosa. Así, en catecismos y diccionarios misioneros, el nombre de Exu quedó asociado a la palabra «diablo», y esa traducción envenenada cruzó el Atlántico junto con los barcos negreros.
Hay una reflexión de Norton Corrêa sobre este punto que, como sacerdote de esta religión, considero de una lucidez extraordinaria, y que quiero compartir con mis propias palabras. El cristianismo, al llegar a estas tierras, demonizó a Exu —a Bará— asociándolo al mal, a la brujería, al peligro. Pero, como suele ocurrir con los intentos de aplastar una fe, el hechizo se volvió contra el hechicero: al asociar a los religiosos negros con «el mal», la sociedad blanca terminó reconociéndoles, sin quererlo, la propiedad de un poder simbólico real. Ese poder —el de manejar fuerzas que ni siquiera quienes las temían se atrevían a nombrar— se convirtió con el tiempo en una forma de resistencia y de dignidad para un pueblo al que todo lo demás se le había arrebatado.
La teología de nuestra religión, además, vuelve absurda la ecuación Bará-diablo por una razón de estructura: en el pensamiento religioso africano tradicional no existe un principio absoluto del mal enfrentado a un principio absoluto del bien. Existen fuerzas, y las fuerzas —como el fuego, como el río, como el camino— construyen o destruyen según cómo se las trate. Bará abre y cierra, comunica y desvía, premia y corrige. Es dinámica pura, no maldad. Pretender que sea el diablo es pedirle al pensamiento africano que responda a un problema que nunca fue suyo.
Por eso digo, desde mi fundamento, que Bará nunca fue una figura del mal. Fue, y sigue siendo, la prueba viva de que ninguna persecución logró apagar el fuego que nuestros ancestros trajeron cruzando el océano.
8 · El más humano de los Orixás
La literatura sacerdotal del sur repite una fórmula hermosa: Bará es el más humano de los Orixás. No porque sea menos divino, sino porque sus dominios son exactamente los lugares donde transcurre la vida de la gente común: el camino que se toma o no se toma, la puerta que se abre o se cierra, la palabra que llega o se pierde, el trabajo que aparece, el negocio que prospera o se funde, el mercado con su ruido y su regateo. Los otros Orixás reinan sobre el trueno, el mar, la selva, el hierro; Bará reina sobre el lunes a la mañana.
De ahí que sea también el Orixá más cercano, más conversador, más presente en el día a día de las casas de religión. Y de ahí, también, el arquetipo que la tradición atribuye a sus hijos: gente inquieta, de calle, comunicativa, ingeniosa, con talento para el comercio y para leer a las personas; capaz de una comprensión aguda de los problemas ajenos y de un consejo certero, pero también de tercar, de intrigar y de no aceptar una derrota. Como todo arquetipo, es un retrato de familia, no una sentencia: cada hijo de Bará es, además, todo lo que su historia personal hizo de él.
9 · Los itans de Bará: tres leyendas y un fundamento
Los itans son la teología narrada de nuestra religión: las historias sagradas que explican, contando, lo que ninguna definición alcanza a decir. Existen en muchas versiones —porque son memoria viva, no dogma cerrado—, y los recuento aquí con mis propias palabras, a partir del corpus documentado por Verger y Prandi y de la tradición conservada en el propio Batuque. Ninguna es «la» versión: son puertas para asomarse a quién es Bará.
El sombrero de dos colores
Cuentan que en una aldea vivían dos labradores que eran amigos como pocas veces se ven: tenían sus campos a uno y otro lado del mismo camino, hacían todo juntos y se habían jurado una amistad para toda la vida. Pero, en su confianza, habían olvidado algo: nunca honraban a Bará, nunca le dejaban su parte, nunca contaban con el dueño del camino que pasaba justo entre sus dos campos. Bará decidió recordarles con quién no se juega. Un día se puso un sombrero que era rojo de un lado y negro del otro, y caminó despacio por el sendero que dividía las dos chacras, saludando a cada uno. Al caer la tarde, los amigos se juntaron: «¿Viste al hombre del sombrero rojo?», dijo uno. «Rojo no: negro», respondió el otro. Y como cada uno había visto con sus propios ojos, ninguno cedió; la discusión subió de tono hasta que aquellos hermanos del alma estuvieron a punto de matarse a golpes por el color de un sombrero. Entonces Bará volvió sobre sus pasos, les mostró el sombrero de los dos lados, y les dijo la verdad: habían peleado, primero, porque se habían olvidado de él; y segundo, porque cada uno había tomado la mitad que vio por la verdad entera.
Sentido: dos enseñanzas en una. La primera, sobre el punto de vista: nadie posee la verdad completa desde un solo lado del camino, y la certeza terca es la que rompe las amistades. La segunda, sobre la reverencia: a Bará se lo tiene en cuenta —o él se hace tener en cuenta—, porque es justamente el que se mueve entre las posiciones que los demás creen fijas.
Por qué Bará come primero
Cuentan que en el principio los Orixás recibían sus honras y sus comidas, pero miraban a Bará por encima del hombro: lo trataban como al menor, le daban las sobras o directamente lo olvidaban. Bará, cansado del desprecio, hizo lo que mejor sabe hacer: se retiró del camino. Y sin él, todo se detuvo. Las ofrendas ya no llegaban al cielo, los mensajes se perdían a mitad de ruta, las plegarias subían y no alcanzaban a nadie; los caminos entre los hombres y los Orixás, y entre los Orixás y Olodumare, quedaron trabados. Alarmados, todos fueron a preguntarle al Ser Supremo qué había pasado, y la respuesta fue simple: Bará es el mensajero, el que lleva la ofrenda de una orilla a la otra; sin él, nada que se envíe llega a destino. Olodumare ordenó entonces que, de ahí en adelante, Bará fuera el primero en ser servido y recibiera la primera parte de toda ofrenda, para que abriera el camino de todo lo demás. Y así se hace hasta hoy: no hay ceremonia que no empiece atendiendo primero al dueño de las llaves.
Sentido: la primacía de Bará no es vanidad, es función —él es el que transporta, y servirlo primero es reconocer cómo funciona el universo—. Y hay una segunda lección, muy humana: cuidado con despreciar al que hace de intermediario, al que parece «el menor»; muchas veces es aquel de quien depende que todo lo demás llegue a buen puerto.
El pájaro de ayer y la piedra de hoy
Los mayores repiten un dicho antiguo que encierra un itan entero: «Bará mató ayer al pájaro con la piedra que tira hoy». Suena a imposible, y esa es exactamente la enseñanza. Para mostrar que su señorío no es solo sobre los caminos del espacio —las calles, las puertas, las encrucijadas— sino también sobre los caminos del tiempo, la tradición cuenta que Bará hace lo que nadie puede: arroja la piedra en el presente y da en el blanco en el pasado. Donde los demás ven una puerta cerrada para siempre —una oportunidad perdida, un camino que ya no vuelve—, el dueño de las llaves todavía puede girar la cerradura, porque para él el ayer, el hoy y el mañana son también senderos que se abren y se cierran.
Sentido: es un itan de esperanza. Enseña a no dar por perdido del todo lo que Bará todavía puede reabrir, y recuerda que el señor del movimiento manda sobre la causa y el efecto, y no al revés. Ninguna puerta está cerrada de manera definitiva mientras el dueño de la llave siga caminando.
El padê: servir a Bará primero, en la puerta y la encrucijada
La documentación del sur registra la manera en que el Itan II se vuelve gesto concreto en cada casa: antes de todo toque, se aparta y se sirve a Bará primero —el padê o despacho—, llevando su parte a la puerta del terreiro o a la encrucijada, para que el dueño de las llaves abra el camino de la fiesta antes de que baje ningún otro Orixá. No es superstiíción ni formalidad: es la arquitectura misma de la ceremonia, que empieza siempre por el que abre. El fundamento completo del rito —las palabras, los cantos, las cantidades, la mano que lo hace— pertenece, como siempre, a los mayores y al cuarto de santo.
Cierro con la regla de la serie: los itans que el Batuque conserva en su tradición oral no siempre coinciden con las versiones publicadas, y hay itans propios de cada Nación que no están en ningún libro ni deben estarlo. Lo contado es el camino a cielo abierto por donde cualquiera puede pasar; lo demás pertenece al cuarto de santo, donde solo entra quien fue llevado.
10 · Las cualidades de Bará, una por una
Bará no es una sola presencia: se manifiesta en distintas cualidades —lo que otras tradiciones llaman «caminos» o «avatares»—, cada una con su función, su carácter y su asentamiento propio dentro o fuera del terreiro. La primera gran división que enseñan los mayores es sencilla y profunda: hay Barás de adentro del templo —más serenos, que acompañan y hacen frente a los demás Orixás— y Barás de afuera —los de la calle, más bravos, guardianes del perímetro, tratados siempre con un respeto especial—. Entre las cualidades documentadas con mayor rigor por la investigación académica y por el fundamento oral se encuentran las siguientes.
Bará Lodê — el guardián de afuera
Su asentamiento se realiza fuera del templo, muchas veces en una casita propia al frente del terreiro, que comparte con Ogum Avagã: juntos hacen la seguridad externa de la casa. Los mayores enseñan que Lodê sostiene la estructura misma del terreiro: la firmeza de una casa de religión depende de cuán bien atendido esté su Bará Lodê, y es a él a quien se saluda primero al entrar a un templo de Batuque. Su piedra de fundamento —su otá— es descrita en la literatura especializada como oscura y de forma piramidal. Es el «Bará de la calle» por excelencia: enérgico, severo, inmensamente respetado.
Bará Lanã (u Onã) — el de los cruceros
Su nombre remite al camino (onà, en yoruba). Trabaja en los cruceros —las encrucijadas— incluidos los cruceros de monte, y la tradición lo señala como guardián de la puerta del templo: el umbral exacto donde la calle termina y lo sagrado empieza. Comparte atribuciones con Adague y, como él, integra el grupo de los Barás «de adentro», aunque su territorio natural sea el punto donde los caminos se cruzan.
Bará Adague (o Adagui) — el que hace frente a los guerreros
Asentado dentro del templo, aunque recibe parte de sus atenciones en la encrucijada. Es uno de los más solicitados de todo el panteón, porque hace de frente —abre camino, acompaña, precede— para Ogum, Oyá, Xangô, Odé, Otim, Obá, Osanha y Xapanã: prácticamente toda la familia de los Orixás llamados «de tierra» o «de frente». Donde hay un guerrero del panteón, hay un Adague abriéndole la puerta.
Bará Agelú (o Ajelú, Jelú) — el niño de la playa
El más joven de los Barás, vinculado al «pueblo de la playa»: hace de frente para los Orixás de las aguas y de la dulzura —Oxum, Iemanjá, Oxalá—. Su piedra de fundamento se describe como lechosa y translúcida, en contraste con la de Lodê; su día específico es el viernes, que comparte con las aguas; y hasta en sus ofrendas documentadas aparece la marca de su familia adoptiva: donde los otros Barás llevan dendê, Agelú lleva miel. Es un Bará de una ternura particular dentro de una familia de temperamento fuerte: el niño que juega en la orilla mientras custodia, sin que se note, la puerta del mar.
Bará Legba (o Elegbá) — la memoria del Dahomey
De tonalidad roja oscura, asentado fuera de los templos, vinculado a la comunicación entre los mundos. Su origen se remonta a la tradición daomeana —el universo de los vodunes fon— propia de la Nación Jeje, y es especialmente cultivado en la Nación Cabinda. En algunas casas se enseña que Legba, por su naturaleza de vodun, no toma hijos ni ocupa: se lo sirve y se lo respeta, pero no incorpora. Es, dentro del Batuque, el testimonio vivo de que esta religión no tiene una sola África adentro, sino varias.
Xanguín — el poco frecuente
Una cualidad poco frecuente de Bará, de mayor vínculo con la Nación Cabinda, sobre la que solo los sacerdotes de mayor trayectoria conservan el conocimiento completo de su fundamento. La menciono para dejar constancia de su existencia documentada, y me detengo ahí: hay puertas que este blog no tiene la llave para abrir, y está bien que así sea.
Además de estas cualidades mayores, la tradición oral y los cantos de las casas conservan decenas de nombres propios de Bará —Biomí, Bí, Darê, Açanã, Elupandá, Ajanadá y muchos otros— que varían de nación en nación y de familia en familia. Esa multiplicidad no es desorden: es la firma de una religión transmitida de boca a oído durante dos siglos, donde cada linaje guarda su memoria propia con celo de orfebre.
El sacerdote Paulo Tadeu Barbosa Ferreira, de la Nación Religiosa de Cabinda, dedicó un libro entero a esta divinidad —Orixá Bará, publicado por la editorial Toquí de Porto Alegre—, un gesto poco común dentro de una religión que transmite la mayor parte de su fundamento de forma oral, y que habla del lugar central que Bará ocupa incluso entre quienes escriben desde dentro del sacerdocio.
11 · El Bará del Mercado y el Príncipe Custodio: historia documentada de un Orixá en el corazón de una ciudad
Si alguien duda de que Bará camina de verdad por las ciudades de este continente, que viaje a Porto Alegre y entre al Mercado Público Central. En el punto exacto donde se cruzan los dos corredores principales del edificio —una encrucijada de piedra en el corazón comercial de la ciudad— verá un mosaico de piedras rojas y blancas con siete llaves de bronce, y verá el piso sembrado de monedas que la gente arroja, todos los días, pidiendo trabajo, prosperidad y caminos abiertos. Está parado sobre el Bará del Mercado: probablemente el asentamiento de Orixá más famoso, más querido y más estudiado de todo el sur de América.
La historia de ese punto sagrado tiene dos versiones principales, y las dos merecen contarse. La primera sostiene que fueron los propios africanos esclavizados que trabajaron en la construcción del Mercado —iniciada en 1864 y concluida en 1869— quienes saludaron allí a Bará y realizaron su asentamiento, siguiendo una lógica profundamente africana: en las culturas del golfo de Benín, los mercados son centros vitales de la comunidad y están siempre bajo protección espiritual; la tradición yoruba conoce incluso a Exu Olojá, «el Señor del Mercado». Un mercado sin su guardián de los caminos, para aquella mirada, era un cuerpo sin corazón. Duele y a la vez conmueve recordar que ese mismo edificio fue, en su época, un lugar donde se vendían personas esclavizadas: que justamente allí los descendientes de esas personas hayan sembrado a su Orixá de la prosperidad es una de las formas más hondas de justicia poética que conozca la historia americana.
La segunda versión tiene nombre propio, y es uno de los personajes más fascinantes de toda la historia afro-sudamericana: Custodio Joaquim de Almeida, el Príncipe Custodio. Africano llegado del actual Benín en la segunda mitad del siglo XIX, vivió en Rio Grande, Pelotas y Bagé —donde todavía existe un barrio llamado Passo do Príncipe en su memoria— antes de instalarse en 1901 en Porto Alegre, en un caserón de la calle Lopo Gonçalves, en el corazón del barrio negro de la ciudad. Conocido por su dominio de las hierbas medicinales y tratado como babalorixá, el Príncipe transitó con una soltura asombrosa por la alta sociedad gaucha de su tiempo: criaba caballos de carrera, frecuentaba el hipódromo, y fue consejero de las dos figuras políticas más poderosas del estado, Júlio de Castilhos y Borges de Medeiros, quien gobernó Rio Grande do Sul durante décadas.
A Custodio se le atribuye el asentamiento del Bará del Mercado, y no solo ese: la tradición le adjudica también haber sentado Orixá en otros puntos estratégicos de la ciudad, incluido —y aquí la historia se vuelve casi inverosímil de tan extraordinaria— el propio Palacio Piratini, sede del gobierno del estado. Un Orixá africano custodiando el palacio de gobierno de la provincia más europea del Brasil, sentado allí por un sacerdote negro que aconsejaba al gobernador: esa imagen, sea cual sea el grado de literalidad histórica que se le reconozca, dice todo sobre el poder real que nuestra religión supo construir en medio de la persecución.
Lo que vino después es historia contemporánea y verificable. En febrero de 2013 se instaló sobre el punto del asentamiento el mosaico artístico de las siete llaves —obra de los artistas Leandro Machado, Pelópidas Tebano y Vinícius Vieira—, en piedras rojas y claras que dialogan con los colores de Bará y de Oxum. En diciembre de 2015, la Cámara de Concejales de Porto Alegre aprobó declarar al Bará del Mercado patrimonio histórico-cultural de la ciudad: un Orixá africano reconocido oficialmente como patrimonio de una capital sudamericana. El punto integra además el Museo de Percurso del Negro, el circuito de memoria afro de Porto Alegre. Y hay un detalle final que retrata el alma de este Orixá mejor que cualquier teología: las monedas que los fieles y turistas arrojan sobre el mosaico se recogen periódicamente y se donan a una institución filantrópica que asiste a niños. El dueño del comercio y de la prosperidad convirtiendo la fe de la calle en pan concreto: así trabaja Bará.
Recojo también aquí, porque pertenece a este mismo capítulo, el relato que registró Norton Corrêa entre los mayores de la religión: que Borges de Medeiros era cliente de un célebre y adinerado sacerdote africano —el propio Custodio, según toda la tradición posterior— y que este habría entronizado un Bará dentro del palacio de gobierno. Sea crónica o leyenda, la anécdota revela algo real: aun perseguida y despreciada oficialmente, la religión de Bará supo abrirse camino hasta el corazón mismo del poder. Nadie debería sorprenderse: abrirse camino es, literalmente, su especialidad.
12 · Los símbolos: la llave, el hierro, el siete, el lunes, el rojo
Toda religión habla también en objetos, y los de Bará forman un alfabeto de una coherencia admirable.
La llave es su símbolo mayor, y no necesita explicación: quien tiene la llave decide qué se abre y qué permanece cerrado. En sus herramientas rituales documentadas aparecen además la cadena —que une y que retiene, como los caminos unen y retienen—, la moneda y los búzios —porque el comercio y la comunicación con lo sagrado son sus dominios— y la hoz, que corta y despeja. Su metal es el hierro, compartido con su compañero de guardia Ogum: el material de las herramientas, de lo que trabaja y de lo que resiste.
El siete es su número, y sus múltiplos le pertenecen: siete llaves tiene el mosaico del Mercado, siete papas llevan sus bandejas documentadas, siete son los pasos de tantos de sus fundamentos. El lunes es su día: el día que abre la semana, como él abre todo lo demás —con la excepción documentada de Agelú, atendido en viernes junto a los Orixás de las aguas—. Y el rojo es su color: el color de la sangre que es vida, del fuego que transforma, de la energía en estado puro. Sus guias —los collares rituales— se documentan en rojo, en rojo oscuro para Legba, y en algunas familias directamente como una cadena de acero: el collar hecho herramienta.
La encrucijada, finalmente, es su territorio y su metáfora. En la encrucijada los caminos se tocan y el que camina debe elegir; allí donde hay elección hay destino, y donde hay destino está Bará. Que las culturas de medio mundo —de los griegos con Hécate a los bluseros del Mississippi— hayan sentido que las encrucijadas son lugares de poder sugiere que nuestros ancestros africanos tocaron, con este Orixá, una cuerda profunda de la experiencia humana universal.
13 · La mesa de Bará: lo que la literatura documenta sobre sus ofrendas
Uno de los hallazgos más valiosos del trabajo de Norton Corrêa es mostrar cómo el Batuque, como toda religión viva, se fue mezclando con la tierra que lo recibió. En su entrevista con el Instituto Humanitas Unisinos, Corrêa señala que Bará recibe como ofrenda papas inglesas asadas —un alimento que, aunque de origen americano, fue popularizado en Rio Grande do Sul por la colonización alemana—. Es una imagen hermosa: el Orixá africano de los caminos, alimentado con la papa que trajeron los colonos europeos, en una síntesis que solo la fe sabe tejer sin contradicción.
La bibliografía sacerdotal y etnográfica documenta, además de las siete papas, el maíz en sus distintas formas —tostado, cocido, o convertido en pipoca, la flor blanca que nace del grano por el fuego—, el apeté u opeté (el puré ritual moldeado a mano), y el azeite de dendê, el aceite rojo de palma que es sabor de África en estado puro. Y registra también las delicadezas que distinguen a cada cualidad: para el niño Agelú, la miel en lugar del dendê, las balas de miel, las lascas de coco fresco —la dulzura de la playa hecha comida—. Algunos registros añaden sus frutas: la bergamota, la caña de azúcar, la manga.
Insisto en lo dicho al comienzo: transcribo esto como documentación cultural, no como recetario. Una ofrenda no es una lista de ingredientes: es un acto litúrgico que lleva fundamento, palabra, canto y autoridad, y eso no se aprende en un blog. Pero me parecía imposible retratar a Bará sin su mesa, porque pocas cosas lo definen mejor: es el Orixá que come primero, que come sencillo —papa, maíz, aceite— y que come lo que la tierra donde vive tiene para darle. Un dios de puerta que acepta la comida de los inmigrantes pobres: díganme si no es el retrato espiritual exacto de este rincón del mundo.
14 · El orden del toque: cuando el cuerpo repite el gesto de Bará
En nuestras casas, ninguna ceremonia empieza sin el llamado a Bará. Antes de que suenen los atabaques, el Pai o la Mãe de Santo, arrodillado frente al cuarto de los asentamientos, hace sonar la campanilla —el adjá— y convoca a todos los Orixás en el orden que va de Bará a Oxalá, pidiendo a cada uno lo que le compete. Solo entonces se autoriza el toque, que respetará ese mismo orden: primero Bará, después Ogum, y detrás de ellos toda la familia sagrada —Oyá, Xangô, Odé y Otim, Obá, Osanha, Xapanã, Oxum, Iemanjá— hasta cerrar en Oxalá, el padre de la blancura, con quien todo termina y descansa.
Ese orden no es protocolo vacío: es teología bailada. La ceremonia entera reproduce la arquitectura del universo tal como la entiende nuestra religión: primero el que abre, al final el que serena, y en el medio todas las fuerzas de la vida, cada una en su lugar, ninguna salteada, ninguna apurada.
Cuando llega el turno de la reza de Bará, quienes están en la rueda danzan con la mano derecha en alto, como sosteniendo una llave, repitiendo con el cuerpo el gesto eterno de abrir lo que estaba cerrado. Es, para quien lo presencia por primera vez, una de las imágenes más conmovedoras de nuestra religión: decenas de cuerpos recordando, generación tras generación, que sin Bará no hay camino posible. La llave que sostienen esas manos no existe: y sin embargo es, quizás, el objeto más real de toda la ceremonia.
15 · Sincretismo: San Antonio, San Pedro y el debate actual
Durante los largos años de persecución, nuestros mayores aprendieron a vestir a los Orixás con ropa de santo católico para poder servirlos sin ser denunciados. De aquella estrategia de supervivencia nació el sincretismo, que en el caso de Bará la literatura del sur documenta principalmente con San Antonio —asociado sobre todo a los Barás de adentro del templo, con la delicadeza de que el Niño que el santo sostiene en brazos fue leído por algunas casas como el pequeño Agelú— y con San Pedro, el portero del cielo, el hombre de las llaves, sincretizado con Bará Lodê: la correspondencia simbólica más transparente de todo el sincretismo afroamericano. Algunos registros añaden a San Benedito según el adjuntó —la pareja de Orixás— de cada caso.
Hoy existe dentro de las religiones de matriz africana un debate legítimo y saludable: hay líderes y comunidades que reivindican el sincretismo como parte de la historia y de la identidad heredada de los mayores, y hay quienes impulsan la desincretización, devolviendo a los Orixás su rostro exclusivamente africano. No me corresponde arbitrar esa conversación, que cada casa resuelve según su fundamento. Sí me corresponde decir que las dos posturas nacen del mismo amor: una honra el ingenio con que los antepasados salvaron la religión; la otra honra la dignidad de la religión que salvaron. Ojalá nunca dejemos que esa diferencia nos divida más de lo que la persecución no pudo dividirnos.
16 · Bará en el Río de la Plata
El Batuque cruzó la frontera hace muchas décadas, y Bará cruzó con él, porque él siempre va adelante. Corrêa documenta la existencia de numerosas casas de religión de matriz batuqueira en Uruguay, Argentina y Paraguay, fruto de las migraciones y de los lazos religiosos que unen Porto Alegre con Montevideo y Buenos Aires desde mediados del siglo XX. En el conurbano bonaerense, en la capital, en el litoral, miles de argentinos sirven hoy a los Orixás según el rito del sur del Brasil, muchas veces conviviendo bajo el mismo techo con la Umbanda y la Kimbanda, en esa arquitectura de «religión de tres cabezas» tan característica del Río de la Plata.
Quien haya crecido en la Argentina conoce las huellas de Bará aunque no sepa nombrarlas: las ofrendas en las esquinas que el vecino mira de reojo sin entender, los templos de barrio con su casita roja al frente, los tambores del lunes por la noche. A ese vecino que mira de reojo le dedico especialmente esta entrada: eso que usted ve no es «macumba» en el sentido despectivo con que se usa la palabra; es una religión con dos siglos de historia documentada, bibliografía académica, reconocimiento patrimonial y millones de fieles, ejerciendo el mismo derecho constitucional a la libertad de culto que ampara a cualquier otra fe. Y las ofrendas que a veces encuentra en una encrucijada merecen el mismo respeto básico que usted esperaría para una imagen de su propia devoción: no tocarlas, no patearlas, no burlarse. No hace falta creer para respetar.
17 · Lo que no se dice: el fundamento del silencio
Como sacerdote, hay un rasgo del Batuque que considero imprescindible mencionar, y que la investigación académica ha registrado con precisión: en nuestra tradición, el iniciado no debe saber, bajo ninguna circunstancia, que está siendo incorporado por su Orixá. No se comenta lo que el Orixá hizo o dejó de hacer durante la incorporación. Es un rasgo que distingue profundamente al Batuque de otras religiones afrodescendientes hermanas, y que muchos investigadores atribuyen a una herencia directa de las aldeas del interior africano, sostenida en Rio Grande do Sul desde hace más de dos siglos.
No es superstición ni capricho: es la forma que encontró esta religión de proteger lo más sagrado que tiene, resguardando el misterio del encuentro entre el ser humano y su Orixá de la mirada curiosa, del espectáculo y de la vanidad. Y es también la razón por la que esta entrada, con toda su extensión, apenas roza la superficie: el noventa por ciento del fundamento de Bará no está en ningún libro ni estará nunca en ningún blog, porque vive donde debe vivir —en la memoria de los mayores y en el cuarto de santo— y se entrega solo a quien lo recibe por el camino correcto. Que el lector sepa que existe ese continente sumergido es, en sí mismo, la última enseñanza de este texto: en tiempos donde todo se publica, hay una sabiduría antigua que eligió el silencio, y le ha ido bien.
18 · Palabras finales
He querido escribir esta entrada apoyado solo en lo que la investigación seria y el fundamento oral de mi propia Nación permiten sostener con la cabeza en alto. No hace falta inventar ni exagerar: la historia real de Bará —la de los templos de Rio Grande do Sul que resistieron dos siglos de persecución; la de un príncipe africano que aconsejó gobernadores y sembró Orixá en el corazón de una capital; la de un asentamiento declarado patrimonio de una ciudad entera; la de las monedas de los fieles convertidas en ayuda para niños— ya es suficientemente extraordinaria como para no necesitar adornos.
Si usted llegó hasta acá sin ser de la religión, gracias por la media hora y por la mirada limpia: eso era todo lo que este texto pedía. Si usted es de la religión, sabrá disculpar todo lo que falta y todo lo que apenas se insinúa: ya sabe usted por qué es así, y sabe que está bien que así sea.
Que Bará, dueño de las llaves, siga abriendo los caminos de comprensión hacia una tradición que, pese a todo, nunca dejó de caminar.
19 · Glosario para el lector que llega de afuera
Axé: fuerza vital sagrada; también el fundamento y la bendición. Se recibe, se transmite y se cuida.
Orixá: divinidad del panteón africano yoruba y de sus religiones derivadas en América.
Terreiro / Ilê / Casa de religión: el templo y la comunidad religiosa que lo habita.
Nación (o lado): cada una de las grandes ramas rituales del Batuque (Oyó, Ijexá, Jeje, Nagô, Cabinda y sus combinaciones), definida por su origen africano y su fundamento.
Asentamiento: acto y objeto ritual mediante el cual un Orixá queda fijado y presente en un lugar u objeto consagrado.
Otá / Acutá: la piedra sagrada que forma parte del asentamiento de un Orixá.
Cualidad: cada una de las manifestaciones o «caminos» de un mismo Orixá, con función y carácter propios.
Hacer frente: función de un Bará de preceder, abrir camino y acompañar a otros Orixás en el culto.
Adjuntó: la unión o pareja ritual entre dos Orixás en la cabeza de una persona.
Itan: relato sagrado, leyenda o mito de los Orixás; la teología narrada de la tradición, transmitida en muchas versiones.
Padê / despacho: ofrenda de apertura con que se sirve y se envía a Bará primero, para que abra el camino de la ceremonia.
Toque: la ceremonia festiva con tambores donde se canta y danza para los Orixás.
Atabaque: tambor ritual.
Pai / Mãe de Santo (Babalorixá / Ialorixá): sacerdote o sacerdotisa que dirige una casa de religión.
Aprontamiento: proceso iniciático completo de un hijo o hija de religión.
Apeté / Opeté: puré ritual (comúnmente de papa) moldeado a mano para las ofrendas.
Dendê: aceite rojo de palma africana, ingrediente litúrgico fundamental.
Vodun: divinidad del panteón fon (Dahomey/Benín), matriz de la Nación Jeje.
20 · Referencias
- CORRÊA, Norton Figueiredo. O Batuque do Rio Grande do Sul: antropologia de uma religião afro-rio-grandense. 2ª ed. São Luís: Cultura & Arte, 2006 (obra resultante de veinte años de investigación de campo dentro de templos de Batuque).
- CORRÊA, Norton Figueiredo. «Batuque: uma religião afro-rio-grandense em oposição à cosmovisão cristã». Entrevista concedida al Instituto Humanitas Unisinos (IHU) – Universidade do Vale do Rio dos Sinos (UNISINOS).
- CORRÊA, Norton Figueiredo. «O Batuque e o negro Rio-Grandense». Entrevista concedida al Instituto Humanitas Unisinos (IHU) – UNISINOS.
- FERREIRA, Paulo Tadeu Barbosa. Orixá Bará. Nação Religiosa de Cabinda. Porto Alegre: Editora Toquí, 1997.
- FERREIRA, Paulo Tadeu Barbosa. Os Fundamentos Religiosos da Nação dos Orixás. 2ª ed. Porto Alegre: Editora Toquí, 1994.
- PRANDI, Reginaldo. Mitologia dos Orixás. São Paulo: Companhia das Letras, 2001 (corpus de itans de Exu/Bará: el sombrero de dos colores, la primacía del mensajero, el dominio sobre los caminos del tiempo).
- VERGER, Pierre Fatumbi. Orixás: deuses iorubás na África e no Novo Mundo. Salvador: Corrupio, 1981 (capítulo dedicado a Exu: naturaleza, función de mensajero y ofrendas).
- SILVA, Maria Helena Nunes da. O Príncipe Custódio e a Religião Afro-Gaúcha. Disertación de Maestría en Antropología, Universidade Federal de Pernambuco, Recife, 1999.
- WEIMER, Rodrigo de A.; SCHERER, Jovani. No Refluxo dos Retornados: Custódio Joaquim de Almeida, o príncipe africano de Porto Alegre. Porto Alegre: Arquivo Público do Estado do Rio Grande do Sul (APERS), 2021.
- VARGAS, Pedro Rubens. A Relação Patrimonial na Restauração de Bens Culturais: o mercado de Porto Alegre e os caminhos invisíveis do negro. Curitiba: Editora Appris, 2017.
- ALMEIDA JÚNIOR, Francisco. «Aprontando Filhos-de-santo»: um estudo antropológico sobre a transmissão/reinvenção da tradição em uma rede de «Casas de batuque» de Porto Alegre. Disertación de Maestría en Antropología Social, PPGAS/UFRGS, 2002.
- CÁMARA MUNICIPAL DE PORTO ALEGRE. Proyecto de ley que declara patrimonio histórico-cultural de Porto Alegre al Bará do Mercado Público, aprobado el 17 de diciembre de 2015.
- Museu de Percurso do Negro em Porto Alegre — textos sobre las cualidades y fundamentos de Bará, con base en Corrêa (2006), y documentación sobre el mosaico del Bará do Mercado (2013) de los artistas Leandro Machado, Pelópidas Tebano y Vinícius Vieira.
- Fundamento y transmisión oral propios de la Nación Nagô-Jeje del Batuque.
