Doce puertas después
- Nota del autor: lo que se siente al escribir la última línea
- Lo que fue escribir esta serie, puerta por puerta
- Por qué valdrá siempre la pena dejar el registro
- Sobre las diferencias entre casas y Naciones
- Para quien no es de esta religión: gracias, y una palabra
- Para el hermano de religión: lo que sigue resguardado
- Gracias a quien leyó con respeto y comprensión
- Palabras finales: mi camino y mi saludo
1 · Nota del autor: lo que se siente al escribir la última línea
Hay una emoción difícil de nombrar en el momento de cerrar un trabajo largo. No es orgullo —el santo castiga la vanidad—; es algo más parecido a la gratitud del que llegó. Cuando empecé esta serie prometí recorrer, de puerta en puerta, a todos los Orixás del Batuque, con método de estudio y corazón de hijo. Hoy escribo la última línea, y confieso que se me hace un nudo: pasé meses en compañía de los míos, contando lo que se puede contar, cuidando cada palabra para no herir ni mentir, y salgo de esta tarea con la sensación de haber caminado, entrada tras entrada, un largo toque a solas.
No fue un trabajo frío. Cada Orixá me pidió algo distinto: unos, estudio; otros, memoria; algunos, lágrimas. Escribir de Iemanjá —la dueña de mi cabeza— fue casi hablarle a mi propia madre; cerrar con Oxalá fue como llegar, de blanco y en paz, al final de una fiesta bien llevada. Comparto esta emoción sin pudor, porque me parece deshonesto pretender que uno escribe de su fe sin que la fe lo atraviese.
2 · Lo que fue escribir esta serie, puerta por puerta
Empecé abriendo camino con Bará, como se empieza todo; y en cada entrada aprendí que escribir de un Orixá es una forma de volver a conocerlo. Al contar el hierro de Ogum entendí mejor su lealtad; al describir el viento de Oiá le perdí un poco el miedo; con la justicia de Xangô revisé la mía. El bosque de Odé y Otim me devolvió el gusto por lo simple; la fidelidad de Obá me enseñó a mirar sin lástima a la que ama demasiado. Con Ossanha aprendí que sin las hojas no hay religión; con Xapanã, a nombrar con reverencia lo que asusta; con los Ibeji se me llenó el pecho de la alegría de los niños.
Y al entrar en las Cabezas Grandes, la mano me tembló distinto. Oxum me recordó que la dulzura es estrategia superior; Iemanjá, mi madre, casi me escribe sola, de tan adentro que la llevo; y Oxalá, el gran padre, me obligó a la humildad justa para cerrar. Al terminar cada capítulo sentí lo mismo: que no había enseñado nada —porque no era mi tarea—, pero que quizá había dejado una puerta entreabierta para que el respeto entrara. Doce puertas después, esa sensación es mi mayor recompensa.
«Creí que iba a escribir sobre los Orixás, y fueron ellos los que, entrada tras entrada, escribieron algo en mí.»— Reflexión del autor
3 · Por qué valdrá siempre la pena dejar el registro
Cuando empecé, expliqué por qué me parecía importante dejar registro escrito de nuestra fe; ahora que termino, lo creo más que nunca. Durante siglos esta religión se guardó de boca a oído porque así sobrevivió a la esclavitud, a la prohibición y al desprecio: fue la memoria de un pueblo que quisieron silenciar y que se negó a callarse del todo. Escribir, hoy, la parte que puede escribirse es honrar esa terquedad sagrada —para que nadie cuente nuestra historia por nosotros, para que el joven que busca sus raíces encuentre algo digno, para que el vecino que desconfía tenga la chance de entender—.
Y lo reafirmo con la misma humildad del principio: las casas varían —a veces poco, a veces mucho—, y eso no hay que corregirlo, hay que celebrarlo. No busqué uniformar; busqué recoger la esencia que late debajo de todas las variantes y dejarla escrita con respeto. Si en estas doce entradas quedó asentada, aunque sea, una gota de esa esencia, el trabajo ya valió la pena por entero.
4 · Sobre las diferencias entre casas y Naciones
Escribí todo desde la Nación Nagô-Jeje, que es mi casa y mi linaje, y lo reafirmo al cerrar con el mismo cuidado del comienzo: lo mío fue una mirada, no la mirada. Donde dije «así se hace», siempre debe leerse «así se hace en la tradición que conozco y en las fuentes que cité». La Ijexá, la Cabinda, la Oyó y tantas casas hermanas guardan variantes propias, y cada una es tan legítima como la mía.
A quien haya leído desde conceptos distintos a los míos y en algo se haya sentido rozado, le pido disculpas otra vez, ahora que conoce el conjunto: nunca hubo ánimo de disputa ni de corrección. Tome lo que le sirvió, perdone lo que no, y si su tradición cuenta las cosas distinto, ojalá algún día las escriba: cuantas más voces respetuosas dejen registro, más viva y más a salvo estará la memoria de todos.
5 · Para quien no es de esta religión: gracias, y una palabra
Si usted acompañó esta serie sin ser de la religión, mi gratitud es enorme: dedicó su tiempo a entender una fe ajena, y eso, en un mundo apurado y desconfiado, es un gesto grande. Permítame repetirle, ahora que conoce a los Orixás de a uno, la única cosa que le pedí al empezar: que comprenda el daño y la angustia reales que causa la discriminación religiosa.
Detrás de cada burla, de cada terreiro atacado, de cada collar arrancado, de cada persona que esconde su fe por miedo a perder el trabajo o el cariño de los suyos, hay un dolor concreto: el de que le desprecien lo más sagrado que tiene. No le pido que crea lo que yo creo. Le pido lo que cualquiera pide para lo suyo: que no se lo insulte, que no se lo destruya, que no se lo tema por ignorancia. Si estas doce entradas cambiaron, aunque sea un poco, el miedo por el conocimiento en una sola persona, entonces sirvieron para lo más importante que podían servir —porque donde entra el conocimiento, la discriminación se queda sin comida—.
6 · Para el hermano de religión: lo que sigue resguardado
Y a usted, hermano o hermana de santo, que leyó con el ojo del que sabe, la aclaración de siempre, más necesaria aún ahora que la serie está completa: acá nunca estuvo todo, ni podía estarlo. Estas doce entradas mostraron el río a cielo abierto; los fundamentos, los asientos, las palabras de poder y los rituales sagrados siguen resguardados en el cuarto de santo, intactos, como debe ser.
Que la serie haya terminado no significa que se haya revelado nada de lo que no debe revelarse. Esas cosas se entregan en su tiempo, a quien debe recibirlas, por quien tiene la autoridad de entregarlas —nunca en un blog, nunca con los ojos, nunca por curiosidad—. Si usted es del camino, leyó entre líneas todo lo que callé, y sabe por qué lo callé. Lo escrito basta para visibilizar; lo callado sigue esperando, como siempre esperó, a la mano correcta y al momento justo.
7 · Gracias a quien leyó con respeto y comprensión
Lo más valioso de todo este trabajo no fue escribirlo: fue saber que hubo quien lo leyó con respeto y con comprensión. Esa es una forma de generosidad que no siempre encuentra esta religión, y por eso la agradezco de rodillas. Gracias al que leyó entero y al que leyó una sola entrada; al que ya creía y al que llegó sin creer; al que asintió y al que dudó en silencio pero no ofendió. Leer con respeto lo que otro tiene por sagrado es, quizá, una de las formas más altas y más escasas de la decencia humana.
Ese respeto es el verdadero cierre de la serie. No la última palabra que escribí, sino la mirada limpia con que fue leída. A cada lector que la trajo, gracias: usted es, sin saberlo, parte de esta obra —una gota más de luz en el largo trabajo de que esta fe deje de ser temida y empiece, al fin, a ser comprendida—.
8 · Palabras finales: mi camino y mi saludo
Me despido de esta serie como me presenté. Soy Ezequiel de Iemanjá, hijo de fe y babalorixá de la Nación Nagô-Jeje. Camino dentro de esta religión desde muy chico, y son ya casi cuatro décadas de aprendizaje, de fe y de servicio —esos años, y no otra cosa, son los que respaldan cada palabra que dejé escrita—. Cierro estas doce puertas con el mismo temor reverente con que abrí la primera, y con una alegría nueva: la de haber puesto, al servicio del respeto, lo poco y lo mucho que la vida en el batuque me fue enseñando.
Que Iemanjá, mi madre, reciba este trabajo como se recibe una flor entregada al mar; que Oxalá, el gran padre, lo cubra de blanco y lo deje en paz; y que Bará, que nos abrió el camino, nos lo mantenga abierto para lo que venga —porque lo que se cierra en paz siempre vuelve a abrir puertas—. No es un adiós: es un hasta pronto de quien seguirá escribiendo, con respeto, mientras la fe le dé palabras.
A cada persona que leyó —de la casa o de afuera, de acuerdo o en desacuerdo—, mi saludo más cordial y más fraterno, con el corazón abierto y la cabeza inclinada. Gracias, de verdad, por el tiempo, por el respeto y por la compañía.