Amor mio
4 De JUlio
Los niños sagrados
Ibeji: los niños sagrados
- Nota del autor: la entrada más dulce de la serie
- Cómo leer este estudio
- Quiénes son los Ibeji: el Orixá que es dos
- Los Ibeji en el Batuque: hijos de sus padres
- Un mismo principio, muchos nombres: Ìbejì, Jimaguas, Erês
- Los itans de los Ibeji: tres leyendas y un fundamento
- La Mesa de Ibeji: la liturgia más tierna del Batuque
- Los símbolos: los vultos, los juguetes, el dos
- San Cosme y San Damián: los santos de los dulces
- Los Ibeji en el Río de la Plata
- Lo que no se dice: el fundamento del silencio
- Palabras finales
- Glosario para el lector que llega de afuera
- Referencias
1 · Nota del autor: la entrada más dulce de la serie
Después del señor de la tierra, la serie llega a su capítulo más luminoso: los Ibeji, los divinos gemelos, los niños del panteón, los señores de todo lo que nace. Y confieso que escribir esta entrada fue distinto a todas las anteriores: uno puede escribir sobre guerreros con solemnidad, sobre reyes con reverencia y sobre médicos con gratitud, pero sobre los niños sagrados solo se puede escribir con una sonrisa —que es, dicho sea con fundamento, exactamente la disposición ritual correcta: la energía de los Ibeji no admite tristeza cerca, y hasta la liturgia más solemne del Batuque se ablanda cuando les llega el turno—.
Rige la promesa de toda la serie: escribo desde adentro de un terreiro, sin más credencial que mi fe, mi linaje y mis años de aprendizaje; nada de lo que sigue está inventado ni adornado, cada dato fue contrastado con la bibliografía listada al final o pertenece al fundamento oral de mi Nación, y en ese caso lo digo. Lo secreto sigue siendo secreto: este blog visibiliza, no enseña. Y con los gemelos, la advertencia de la variación tiene una capa especial que anticipo desde ya: el Batuque cultiva a los Ibeji de un modo propio, distinto del Candomblé —la documentación lo registra expresamente, y es una de las marcas de identidad de nuestra religión que esta entrada quiere mostrar—. Como siempre: ninguna variante es menos legítima que otra.
2 · Cómo leer este estudio
Vale el marco metodológico de toda la serie: donde el texto diga «así se hace», léase «así se hace en la tradición que conozco y en las fuentes que cito»; donde hay variación documentada, la señalo; donde el fundamento es secreto, me detengo. Continúa la sección de itans con sus reglas de siempre, más la tarjeta de fundamento con etiqueta propia —que en esta entrada estará dedicada a la liturgia más tierna de toda nuestra religión—.
3 · Quiénes son los Ibeji: el Orixá que es dos
Los Ibeji son, en la definición exacta que conserva la documentación del sur, entidades gemelas que forman un único Orixá, permanentemente doble, formado por entidades distintas que coexisten, representando el principio básico de la dualidad. Son Orixás niños —infantes para siempre— y su dominio es todo lo que nace: el nacer de los ríos, el brote de las plantas, la llegada de las nuevas vidas, el comienzo de cada cosa. Nada empieza en el mundo sin que los gemelos anden cerca.
Su nombre lo dice en yoruba con la economía de siempre: ìbejì, «gemelos» —de ìbí, nacer, y ejì, dos: los nacidos de a dos—. Y detrás del nombre hay un dato de la vida real que explica su culto: el pueblo yoruba tiene una de las tasas de nacimientos gemelares más altas del planeta, y donde los gemelos abundan, la cultura los piensa. La tradición yoruba los consagró sagrados: cada par de gemelos que nace participa del Orixá doble, y su llegada es bendición para la casa entera. La documentación del Batuque conserva además una función específica y conmovedora: los Ibeji protegen especialmente a quienes al nacer perdieron un hermano gemelo, o tuvieron problemas en el parto —los niños sagrados cuidando, desde el otro lado, a los que empezaron la vida con una silla vacía al lado—.
Y hay una enseñanza de fondo que la propia literatura del sur formula con una belleza que no pienso mejorar, y que conecta a los gemelos con toda la serie: Ibeji es lo que indica la contradicción, los opuestos que caminan juntos, la dualidad de todo lo humano —Ibeji muestra que todas las cosas, en todas las circunstancias, tienen dos lados, y que la justicia solo puede hacerse si las dos medidas se pesan, si los dos lados se escuchan—. El lector atento ya reconoció la balanza: los niños del panteón son hijos de Xangô, el rey de la justicia, y llevan en su propia naturaleza doble la lección primera del tribunal de su padre. No hay sentencia justa con un solo lado; no hay mundo completo con una sola mirada.
«Tienen la miel de un niño y lo agrio de un adulto: por eso son los mejores para trabajar en la Nación.»— Enseñanza conservada en la literatura del Batuque
4 · Los Ibeji en el Batuque: hijos de sus padres
Aquí está la marca de identidad del sur que anuncié en la nota inicial, documentada con todas las letras: a diferencia del Candomblé, donde Ibeji es cultuado como Orixá aparte, en el Batuque los gemelos son cultuados como cualidades de sus padres. El lector de la serie ya los conoce a ambos: Xangô Aganju de Ibeji —el rey niño de la entrada del trueno, el único Xangô con juguetes entre sus herramientas y miel en sus trabajos— y Oxum Epandá Ibeji —la más joven de las Oxum en su forma infantil, cuya guia admite todos los colores menos el negro—. Ambos reciben las ofrendas y los pedidos de quienes necesitan de los gemelos, y su asentamiento se realiza en vultos: imágenes talladas en madera, los únicos Orixás del Batuque asentados en figura.
La teología que hay detrás de esta configuración me parece de las más finas de nuestra religión: el sur decidió que los niños sagrados no anduvieran solos —que vivieran, litúrgicamente, en brazos de sus padres—. El Candomblé les dio autonomía; el Batuque les dio familia. Son dos maneras legítimas de amar a los mismos niños, y la nuestra tiene el sabor de las casas donde los chicos se crían entre la falda de la madre y el hombro del padre. Y nótese qué padres les dio la tradición: el rey de la justicia y la señora del amor —la balanza y la miel: exactamente los dos ingredientes de toda crianza que sale bien—.
5 · Un mismo principio, muchos nombres: Ìbejì, Jimaguas, Erês
| Tradición | Nombre | Territorio principal |
|---|---|---|
| Religión tradicional yoruba | Ìbejì (Taiwo y Kehinde) | Nigeria, Benín |
| Vodún fon (Dahomey) | Hoho / Hohovi (los gemelos sagrados) | Benín |
| Candomblé | Ibeji (Orixá propio; los erês son otra cosa) | Bahía y todo Brasil |
| Regla de Ocha / Santería | Los Ibeyis / Jimaguas | Cuba y su diáspora |
| Batuque | Ibeji, cultuados como cualidades de Xangô y Oxum | Rio Grande do Sul, Uruguay, Argentina, Paraguay |
| Umbanda | La línea de las Crianças / Beijada | Brasil, Río de la Plata |
Y una aclaración de rigor que evita una confusión frecuente: en el Candomblé existen también los erês —la manifestación infantil que acompaña el proceso iniciático de cada persona—, que no son el Orixá Ibeji aunque compartan el aire de infancia. Y en la Umbanda, la línea de las Crianças —Cosme, Damián, Doum y toda la beijada— son entidades niños, con su liturgia propia y sus fiestas de dulces. Universos hermanos, cada uno con su fundamento; el protagonista de esta entrada es, como siempre en la serie, el Orixá —el doble, el gemelo, el que nace de a dos—.
6 · Los itans de los Ibeji: tres leyendas y un fundamento
Valen las reglas de siempre: los itans son teología narrada, existen en muchas versiones, y los recuento con mis propias palabras a partir del corpus documentado por Verger y Prandi y de la tradición conservada en el propio Batuque.
Los gemelos que vencieron a la Muerte con un tambor
Es el itan más famoso de los niños, y con razón: es la única historia de todo el corpus donde alguien vence a Icú —la Muerte— limpiamente. Cuentan que la Muerte había puesto trampas en todos los caminos, y que cobraba su peaje a los caminantes al ritmo de su tambor, del que nadie podía escapar porque nadie aguantaba más que ella. Hasta que un día tomaron el camino los gemelos. Uno se presentó ante Icú y la desafió a danzar: bailarían sin parar, y el primero en rendirse perdería. La Muerte, divertida ante el atrevimiento del niño, aceptó. Lo que no sabía era que eran dos: escondido en el monte, el otro gemelo esperaba, y cada vez que el bailarín se agotaba, los hermanos se cambiaban sin que Icú lo notara —porque eran idénticos, y porque la Muerte, como todos los poderosos, jamás imaginó que alguien tan pequeño pudiera tener un plan—. Bailó la Muerte horas, días, hasta que sus piernas eternas ya no pudieron más, y por primera y única vez en la historia del universo, se rindió: levantó las trampas de los caminos y perdonó a los caminantes. Los niños habían salvado a la humanidad bailando por turnos.
Sentido: lo que ningún héroe pudo con la fuerza, dos niños lo pudieron con la unión y el ingenio. Donde uno solo se agota, dos que se turnan no se rinden jamás: es la teología entera de la dualidad en un baile. Y nótese el arma: un juego. Los Ibeji vencieron a la Muerte jugando —que es, quizás, la única manera en que se la vence de verdad—.
Taiwo y Kehinde: el que nace primero es el menor
La tradición yoruba, documentada por Verger, conserva los nombres de los gemelos y una sabiduría escondida en ellos. El primero en nacer se llama Taiwo —«el que va a probar el mundo»— y el segundo Kehinde —«el que llega después»—. Pero atención a la vuelta de tuerca: para el pensamiento yoruba, el mayor de los dos es Kehinde, el que nació segundo. La explicación es de una lógica deliciosa: el hermano mayor, más sabio y prudente, envía primero al menor a probar el mundo —a ver si está bueno, si es seguro, si vale la pena—, y solo cuando Taiwo lloró su primer llanto, confirmando que del otro lado hay vida, se digna Kehinde a salir. El que parece primero es el explorador; el que parece segundo es el que mandó explorar.
Sentido: las jerarquías verdaderas no siempre coinciden con el orden de llegada —y a veces el que va adelante no es el que manda, sino el que fue enviado—. Medio mundo darwiniano podría aprender de dos recién nacidos yorubas.
Paridos por Iansã, criados por Oxum
Cuentan —y la documentación del sur lo conserva expresamente— que los gemelos son hijos de Xangô y fueron paridos por Iansã, la señora de los vientos; pero que fue Oxum quien los crió, y por eso la tradición los tiene por hijos de crianza de la señora del oro y de la miel. La guerrera los trajo al mundo; la dulce los hizo crecer. Y el Batuque, que como vimos cultiva a los gemelos como cualidades de sus padres, selló esa doble maternidad en su propia liturgia: los Ibeji viven, ritualmente, en Xangô Aganju de Ibeji y en Oxum Epandá Ibeji —el padre y la madre de crianza: el sur eligió honrar a la que se quedó a criar—. El lector de esta serie reconocerá el eco: ya vimos a Iemanjá criar al hijo que Nanã no pudo sostener, en la entrada de Xapanã. Nuestra mitología insiste una y otra vez en la misma verdad: madre es también, y sobre todo, la que cría.
Sentido: la maternidad tiene más de una puerta de entrada, y todas son sagradas. Que cada mujer que crió hijos que no parió —abuelas, tías, madrastras, madres del corazón— sepa que el panteón africano le guardó un espejo de oro: se llama Oxum.
Los niños comen primero: anticipo de la Mesa de Ibeji
La liturgia propia de los gemelos en el sur es la Mesa de Ibeji, tan hermosa y tan documentada que merece sección aparte —la siguiente—. Adelanto aquí solo su regla de oro, porque es teología pura: en la Mesa de Ibeji, los únicos que comen son los niños —y las embarazadas, que llevan niños adentro—. En una religión donde el orden jerárquico lo gobierna todo, existe un rito donde la jerarquía entera se arrodilla a servir a los más chicos. El fundamento completo pertenece, como siempre, a los mayores y al cuarto de santo.
Cierro con la regla de la serie: los itans que el Batuque conserva en su tradición oral no siempre coinciden con las versiones publicadas, y hay itans propios de cada Nación que no están en ningún libro ni deben estarlo. Lo contado es el río a cielo abierto; lo demás pertenece al cuarto de santo.
7 · La Mesa de Ibeji: la liturgia más tierna del Batuque
Si cada entrada de esta serie tuvo su joya documental, la de esta es la Mesa de Ibeji, que la documentación del sur describe con un detalle que permite verla: sobre el piso del salón se extiende una toalla blanca, y alrededor de ella se sientan únicamente niños de hasta siete años —convocados en grupos que siguen los múltiplos de seis: la cuenta de Xangô, su padre— y, si las hay, mujeres embarazadas. Se les sirve la canja —la sopa de las aves consagradas—, y después los dulces: balas, pirulines, tortas, gaseosas; y junto a la comida, juguetes, que los chicos se llevan al terminar. Los adultos miran, sirven y cantan; los niños comen, juegan y ríen; y esa risa —enseñan los mayores— es el axé mismo del rito: la energía de fecundidad y de futuro que los gemelos derraman sobre la casa entera.
La documentación registra los detalles finos: la Mesa suele realizarse en el Batuque de Encerramento —la fiesta que cierra los ciclos rituales de la casa—; Xangô y Oxum, los padres, suelen ocupar a sus hijos para prestigiar la ceremonia, y pueden acompañar Iemanjá y Oxalá, los abuelos del panteón; no es común que lleguen otros Orixás, porque es un rito dulce, de pura energía de vida, donde no se trabaja ni se demanda: solo se celebra que el mundo sigue naciendo. En la Nación Jeje-Ijexá, la rueda de los gemelos acontece durante los erís de Oxum —la madre de crianza prestando su fiesta a los hijos, como corresponde—.
Permítame el lector subrayar lo que este rito significa: una religión nacida en la esclavitud —donde los niños eran mercancía y el futuro una palabra prohibida— instituyó una ceremonia donde lo más sagrado que puede hacerse es dar de comer a los chicos y hacerlos reír. La Mesa de Ibeji es, además de liturgia, una declaración de victoria de dos siglos: nos quisieron sin descendencia, y respondimos poniendo a los niños en el centro exacto del salón. Y la regla innegociable de la serie vale también aquí: esto es documentación cultural, no instructivo; la Mesa solo existe dentro de una casa de religión y bajo la guía de su sacerdote o sacerdotisa.
8 · Los símbolos: los vultos, los juguetes, el dos
El alfabeto material de los gemelos es el más entrañable del panteón. Los vultos —las imágenes gemelas talladas en madera donde se realiza su asentamiento— son su marca única en el Batuque: ningún otro Orixá del sur se asienta en figura, y la tradición de las estatuillas gemelas viene derecho del África yoruba, donde las tallas ere ibeji —esculpidas cuando un gemelo parte antes de tiempo, para que su fuerza siga acompañando al que queda— son hoy tesoros de los museos del mundo entero. Los juguetes figuran documentados entre sus herramientas —compartidos con su padre Aganju de Ibeji, como vimos en la entrada de Xangô—, y el dos es su número esencial: el par, la dualidad, los opuestos que caminan juntos; con los múltiplos de seis —la cuenta paterna— ordenando su Mesa.
Sus colores son todos, menos el negro —la fórmula es textual de la documentación: a los niños les pertenece el arco iris entero, y solo se les aparta el color del luto—, con el rosa y el azul como los más usados en velas, cintas y bandejas. El domingo es su día: el día de las familias, de las plazas y de los almuerzos largos —el calendario mismo entendió dónde viven los gemelos—. Y su dulce típico, documentado en las mesas del sur junto a la canja: todo lo que haga feliz a un chico, que es la única rúbrica litúrgica que estos Orixás exigen.
9 · San Cosme y San Damián: los santos de los dulces
El sincretismo de los Ibeji es, en todo el Brasil y el Río de la Plata, con San Cosme y San Damián —los hermanos gemelos médicos del santoral, mártires del siglo III que curaban sin cobrar—, y su día grande es el 27 de septiembre. Los mayores volvieron a elegir con precisión de orfebre: para vestir a los gemelos sagrados buscaron a los únicos gemelos famosos del santoral... y resultó que además eran médicos y gratuitos —sanadores de niños y de pobres—: la dualidad, la infancia y la cura, todo en una sola estampita. En Brasil, el 27 de septiembre es una fiesta popular gigantesca: los «doces de Cosme e Damião» se reparten por millones, en bolsitas que mezclan caramelos con la bendición, y ninguna casa de religión deja pasar la fecha sin su mesa y sus chicos.
Sobre el debate entre sincretismo y desincretización vale lo dicho en toda la serie: dos amores por la misma herencia; ojalá ninguna diferencia nos divida más de lo que la persecución no pudo. Y con los gemelos, el debate tiene su nota dulce: sea cual sea la postura de cada casa, en septiembre todos terminan repartiendo caramelos —hay consensos que solo los niños saben fabricar—.
10 · Los Ibeji en el Río de la Plata
Todo lo dicho sobre la expansión del Batuque hacia el Plata vale para los gemelos con una escena que muchos lectores argentinos habrán visto sin saber qué veían: las bolsitas de caramelos de San Cosme y San Damián que cada primavera circulan por los barrios, las escuelas y las puertas de los templos —una devoción que en el conurbano y en Montevideo une a familias católicas, umbandistas y batuqueras en el mismo gesto: endulzar a los chicos en nombre de los santos gemelos—. Detrás de cada bolsita hay, lo sepan o no quienes la reparten, milenios de teología yoruba sobre lo sagrado de nacer de a dos, y dos siglos de Batuque poniendo a los niños en el centro del salón.
Y al vecino que mira de reojo, la invitación de siempre: eso que usted ve no es superstición peligrosa; es una religión con dos siglos de historia documentada, bibliografía académica y millones de fieles, amparada por la misma libertad de culto que protege la suya. Y si un domingo escucha risas de chicos saliendo de un templo con juguetes bajo el brazo, ya sabe qué acaba de pasar: los señores más pequeños del panteón recibieron su Mesa, y la casa entera quedó bendecida de futuro.
11 · Lo que no se dice: el fundamento del silencio
Rige para los Ibeji lo que rige para toda nuestra religión, explicado en detalle en la primera entrada: en el Batuque, el iniciado no debe saber que está siendo incorporado por su Orixá, y no se comenta lo que el Orixá hizo durante la incorporación. El fundamento de los vultos, de la Mesa y de la protección a los que nacieron perdiendo a su gemelo pertenece a los mayores y al cuarto de santo. Esta entrada muestra el río a cielo abierto; lo demás, como los mejores secretos de la infancia, se guarda entre hermanos.
12 · Palabras finales
Novena entrada, y la verdad sigue alcanzando y sobrando. La historia real de los Ibeji —la de los únicos que vencieron a la Muerte, y la vencieron jugando; la del menor que es el mayor; la de los hijos de la tormenta criados por la miel; la de la religión perseguida que respondió a la crueldad poniendo una toalla blanca en el piso y sentando a los chicos a comer primero— no necesita un solo adorno. Necesitaba ser contada con una sonrisa, y ojalá se haya notado la mía.
Si usted llegó hasta acá sin ser de la religión, gracias otra vez por la media hora y por la mirada limpia. Si usted es de la religión, ya sabe todo lo que falta y por qué falta. Y si usted nació gemelo, o cría gemelos, o empezó la vida con una silla vacía al lado: sepa que el panteón africano tiene dos niños eternos que lo conocen mejor que nadie, y que no lo sueltan.
Que los Ibeji, señores de todo lo que nace, sigan llenando de risa los salones y de futuro las casas; que su tambor nos enseñe que a lo invencible se lo cansa de a dos; y que nunca falte, en ninguna mesa de este mundo, un lugar donde los chicos coman primero.
13 · Glosario para el lector que llega de afuera
Se suman aquí los términos nuevos de esta entrada; los generales están definidos en los glosarios de las entradas anteriores de la serie.
Ìbejì: «gemelos» en yoruba —de ìbí, nacer, y ejì, dos—: los nacidos de a dos.
Vulto: imagen tallada en madera donde se asienta a los Ibeji; los únicos Orixás del Batuque asentados en figura.
Taiwo y Kehinde: los nombres tradicionales de los gemelos: «el que prueba el mundo» y «el que llega después» —que es, para la tradición, el mayor—.
Mesa de Ibeji: la liturgia propia de los gemelos en el Batuque: la toalla blanca, los niños de hasta siete años y las embarazadas, la canja, los dulces y los juguetes.
Canja: la sopa ritual de las aves consagradas, servida a los niños en la Mesa.
Batuque de Encerramento: la fiesta que cierra los ciclos rituales de una casa; ocasión habitual de la Mesa de Ibeji.
Erê: en el Candomblé, la manifestación infantil que acompaña la iniciación de cada persona; no confundir con el Orixá Ibeji.
Ere ibeji: las estatuillas gemelas del arte yoruba, talladas en memoria del gemelo que parte; antecedente africano de nuestros vultos.
14 · Referencias
- CORRÊA, Norton Figueiredo. O Batuque do Rio Grande do Sul: antropologia de uma religião afro-rio-grandense. 2ª ed. São Luís: Cultura & Arte, 2006.
- FERREIRA, Paulo Tadeu Barbosa. Os Fundamentos Religiosos da Nação dos Orixás. 2ª ed. Porto Alegre: Editora Toquí, 1994.
- VERGER, Pierre Fatumbi. Orixás: deuses iorubás na África e no Novo Mundo. Salvador: Corrupio, 1981 (el culto de los gemelos, Taiwo y Kehinde, las tallas ere ibeji).
- PRANDI, Reginaldo. Mitologia dos Orixás. São Paulo: Companhia das Letras, 2001 (corpus de itans de los Ibeji: los gemelos y la Muerte, entre otros).
- Documentación etnográfica y sacerdotal del Rio Grande do Sul sobre el culto de los Ibeji en el Batuque: su condición de Orixá doble, el culto como cualidades de Xangô Aganju de Ibeji y Oxum Epandá Ibeji, el asentamiento en vultos, la Mesa de Ibeji (toalla blanca, niños hasta siete años y embarazadas, canja, dulces y juguetes, grupos en múltiplos de seis, el Batuque de Encerramento), la protección a quienes perdieron un gemelo al nacer, los colores —todos menos el negro—, el día domingo y el sincretismo con San Cosme y San Damián, así como el itan de los gemelos paridos por Iansã y criados por Oxum, conservado en la tradición del sur.
- Fundamento y transmisión oral propios de la Nación Nagô-Jeje del Batuque.
Ancestros (ẹmi baba-nla)
Misas mixtas
mesa espiritista 2
Mesa espiritista
iglesias llenas de historia en bahía
casa de ogum
Quien cuida la casa de iemanja
Restaurante iemanja
El Orixá de la salud y la enfermedad
Xapanã: el señor de la tierra
- Nota del autor: el Orixá que la salud me enseñó a respetar
- Cómo leer este estudio
- El nombre que otros no pronuncian: Xapanã, Obaluaê, Omolu
- Quién es Xapanã: el señor de la salud y de la enfermedad
- La escoba que barre los males: el dueño de la limpieza
- Un mismo principio, muchos nombres: Sakpata, Babalú Ayé, Omolu
- Los itans de Xapanã: tres leyendas y un fundamento
- Las cualidades de Xapanã en el Batuque, una por una
- Los símbolos: el xaxará, la paja, la pipa, el rojo y el negro
- La mesa de Xapanã: lo que la literatura documenta
- San Roque, San Lázaro y el Señor de los Pasos: los sincretismos del peregrino
- Xapanã en el Río de la Plata
- Lo que no se dice: el fundamento del silencio
- Palabras finales
- Glosario para el lector que llega de afuera
- Referencias
1 · Nota del autor: el Orixá que la salud me enseñó a respetar
Después del médico de las hojas llega, en el orden del toque, su socio en el axé de la salud —la propia literatura del Batuque documenta que Ossanha y Xapanã comparten la regencia de la salud física—: Xapanã, el señor de la tierra, el Orixá que puede producir la enfermedad y puede curarla, el dueño de la escoba que barre los males. Y quiero abrir esta entrada con una confesión de enfermero: de todo el panteón, este es el Orixá que más me ha hecho pensar en mi propio oficio. Porque Xapanã es, en el fondo, la teología de lo que la salud pública sabe y la gente olvida: que la enfermedad y la cura no son enemigas de mundos distintos, sino dos caras del mismo señor; que quien conoce a fondo el mal es el único que puede deshacerlo; y que a la enfermedad no se le falta el respeto —se la estudia, se la previene, se la trata y, cuando toca, se la atraviesa con dignidad—.
Rige la promesa de toda la serie: escribo desde adentro de un terreiro, sin más credencial que mi fe, mi linaje y mis años de aprendizaje; nada de lo que sigue está inventado ni adornado, cada dato fue contrastado con la bibliografía listada al final o pertenece al fundamento oral de mi Nación, y en ese caso lo digo. Lo secreto sigue siendo secreto: este blog visibiliza, no enseña. Y una advertencia doble para esta entrada: primero, la de siempre —lo aquí descrito varía entre naciones y casas, y ninguna variante es menos legítima que otra—; segundo, una de sensibilidad: esta entrada habla de enfermedad, y lo hace con el respeto que nuestra religión enseña —jamás como condena de nadie, jamás como espectáculo del dolor ajeno—.
2 · Cómo leer este estudio
Vale el marco metodológico de toda la serie: donde el texto diga «así se hace», léase «así se hace en la tradición que conozco y en las fuentes que cito»; donde hay variación documentada, la señalo; donde el fundamento es secreto, me detengo. Continúa la sección de itans con sus reglas de siempre, más la tarjeta de fundamento con etiqueta propia.
3 · El nombre que otros no pronuncian: Xapanã, Obaluaê, Omolu
Hay un dato sobre esta entrada que la vuelve única en toda la serie, y que la literatura registra expresamente: el nombre que le da título es un nombre que buena parte del mundo afro-religioso evita pronunciar. En el Candomblé y en otras tradiciones, decir «Xapanã» en voz alta se considera tabú —se prefiere llamarlo por sus títulos, Obaluaê («Señor de la Tierra») u Omolu («Hijo del Señor de la Tierra»)—, por el antiguo temor de que nombrar al señor de las epidemias sea llamarlo. El Batuque, en cambio, pronuncia Xapanã con toda naturalidad: es su nombre corriente en todas nuestras naciones, y la propia documentación subraya el contraste. Esa diferencia no es un detalle: es una declaración teológica del sur. Donde otros heredaron el miedo al nombre, nuestros mayores heredaron la confianza del hijo que llama al padre por su nombre porque vive en su casa.
El nombre viene del fon del antiguo Dahomey —Sakpata / Sànpònná— y la documentación recuerda su origen vodun, como el de Legba y el de Avagã que vimos en entradas anteriores: otra vez la memoria daomeana viva dentro del Batuque. Los títulos yorubas llegaron después, con los encuentros entre los panteónes: Obaluaê, el Señor de la Tierra —porque a él pertenece el suelo que pisamos y al que volvemos—, y Omolu, su forma más venerable. La historia del nombre es, en miniatura, la historia del Orixá: temido en todas partes, renombrado mil veces, y sin embargo —o por eso mismo— uno de los más amados por el pueblo en toda América.
4 · Quién es Xapanã: el señor de la salud y de la enfermedad
Xapanã es, en nuestra tradición, el Orixá de la salud y de las enfermedades —especialmente las epidémicas y las de la piel—, «pues tanto puede producirlas como curarlas», según la fórmula exacta que conserva la literatura del sur. El lector moderno puede incomodarse ante esa doble potestad, y conviene detenerse a entenderla, porque es teología honda y no crueldad: en el pensamiento africano tradicional, la enfermedad no es un accidente sin dueño ni un castigo ciego —es una fuerza con señor, y precisamente porque tiene señor, tiene también límite, negociación y salida—. Un mundo donde la peste tiene dueño es un mundo donde la peste puede ser detenida. Por eso el pueblo del Dahomey, que sufrió como pocos las epidemias, no huyó de Sakpata: lo entronizó. Y por eso el enfermo de nuestra religión no está nunca abandonado a la estadística: tiene a quién hablarle.
La documentación del Batuque le reconoce además un lugar en la frontera más seria de la serie: Xapanã responde, junto con Xangô y Iansã, por los procesos de desencarnación y por los cementerios —el lector recordará que una de las tradiciones documentadas en la entrada de Oiá enseña que fue justamente Xapanã quien le concedió a ella el poder sobre los eguns—. El viejo de la paja es también de los que ordenan el tránsito final, e imprescindible en los rituales fúnebres de nuestra religión: quien acompañó todas las enfermedades acompaña también la última, y nadie mejor que él para garantizar que se cruce en paz.
Del arquetipo de sus hijos, la tradición dibuja un retrato que merece leerse despacio: personas introspectivas, reservadas, observadoras, modestas, simples y misteriosas, capaces de abstenerse de sus propias necesidades para consagrarse al bienestar de los demás —y a la vez profundamente apasionadas, viviendo siempre un gran amor—. Si el lector conoce a esas personas calladas que están en todos los velorios, en todas las internaciones y en todas las crisis ajenas, sosteniendo sin hacerse notar, ya conoce el temple de esta casa. La tradición registra también que muchos hijos de Xapanã llevan marcas en la piel —pequeñas señales que van y vienen—: el pueblo del señor de la tierra lleva, como su padre, la biografía escrita en el cuerpo, y nuestra religión enseña a leer esas marcas con reverencia, jamás con lástima.
«Al que nunca se enfermó se le puede perdonar que no entienda. Al que se enfermó y sanó, Xapanã ya le presentó sus dos manos.»— Enseñanza oral de los mayores de la Nación
5 · La escoba que barre los males: el dueño de la limpieza
Si cada Orixá de esta serie tuvo su propiedad exclusiva —Bará las puertas, Ogum el cuchillo, Xangô la Balança, Ossanha las hojas—, la de Xapanã es la más humilde y la más indispensable de todas: en el Batuque, Xapanã es el dueño de la escoba con que se barren los males de nuestros caminos; el legítimo dueño de la limpieza —la fórmula es textual de la literatura de la religión—. En la mayoría de los trabajos que involucran las limpiezas más complejas, Xapanã es reverenciado; la documentación registra hasta el detalle de que su escoba de trabajo lleva siete colores. Una de sus misiones declaradas, dice la fuente, es barrer las cosas que ya no tienen utilidad.
Piénselo el lector con ojos de hoy: el Orixá de las epidemias es el Orixá de la higiene. Nuestros mayores unieron, siglos antes de la bacteriología, lo que la salud pública moderna tardó hasta el siglo XIX en unir: que la enfermedad y la suciedad andan juntas, y que barrer —limpiar, sanear, sacar de en medio lo que ya no sirve y enferma— es el primer acto médico de la historia. Cada vez que una enfermera desinfecta, que un municipio fumiga, que una familia baldea la vereda, se ejecuta, sin saberlo, la liturgia más vieja de Xapanã. Y hay en su escoba una lección más, espiritual y doméstica a la vez: hay cosas —rencores, hábitos, cargas— que no se curan; se barren. Saber cuáles es sabiduría; atreverse, es axé de Xapanã.
6 · Un mismo principio, muchos nombres: Sakpata, Babalú Ayé, Omolu
| Tradición | Nombre | Territorio principal |
|---|---|---|
| Vodún fon (Dahomey) | Sakpata / Sànpònná (Dueño de la Tierra) | Benín |
| Religión tradicional yoruba | Ṣọpọnná / Obaluaýé | Nigeria |
| Candomblé | Obaluaê / Omolu (el nombre Xapanã se evita) | Bahía y todo Brasil |
| Regla de Ocha / Santería | Babalú Ayé | Cuba y su diáspora |
| Batuque | Xapanã (Jubeteí, Belujá, Sapatá), pronunciado con naturalidad | Rio Grande do Sul, Uruguay, Argentina, Paraguay |
| Umbanda | Obaluaê / Omulu y sus líneas | Brasil, Río de la Plata |
El lector cubano y el argentino reconocerán en Babalú Ayé a una vieja celebridad: es el santo del «¡Babalú!» que la música popular cubana volvió mundial, y el de las peregrinaciones multitudinarias del 17 de diciembre al Rincón de San Lázaro en La Habana —una de las devociones populares más grandes de América—. El mismo señor, con otro nombre, camina desde hace dos siglos por los templos del sur.
7 · Los itans de Xapanã: tres leyendas y un fundamento
Valen las reglas de siempre: los itans son teología narrada, existen en muchas versiones, y los recuento con mis propias palabras a partir del corpus documentado por Verger y Prandi y de la tradición conservada en el propio Batuque —que en el caso de Xapanã guarda, textualmente, las dos leyendas centrales que siguen—.
El niño de las heridas y las dos madres
Cuentan que Xapanã nació enfermo, con el cuerpo cubierto de heridas, y que su madre, Nanã Burucun, no soportando verlo así, lo abandonó en la playa siendo pequeño. Allí lo encontró Iemanjá, la gran madre de las aguas: lo recogió en las profundidades del océano, lo lavó con agua de mar —y la sal del mar secó sus heridas—, lo cuidó y lo crió como propio. El niño se volvió un hombre vigoroso y poderoso; pero las cicatrices no desaparecieron nunca. Entonces Iemanjá hizo por él el gesto que define a las madres verdaderas: le confeccionó una vestimenta entera de paja de la costa, que lo cubre de la cabeza a los pies —la ropa con que se lo representa hasta hoy—, no para esconder una vergüenza, sino para devolverle al hijo el derecho a decidir él quién ve su historia. Y el hombre de la paja salió a caminar por las aldeas, dejando a su paso, según encontrara respeto o desprecio, tanto la cura como la advertencia.
Sentido: hay dos maneras de mirar una herida: la que abandona y la que teje una vestimenta. El itan no condena a Nanã sin más —los mayores enseñan a leerla con compasión: hay dolores que una madre no soporta—; pero consagra para siempre a la que se quedó. Todo el que fue cuidado cuando estaba en su peor momento tiene una deuda con la Iemanjá de este itan; todo el que cuidó, un espejo.
La lluvia de pipocas: Iansã levanta la paja
Cuentan que los Orixás celebraban una gran fiesta, y que todos danzaban menos uno: Xapanã miraba desde la puerta, sin animarse a entrar, avergonzado de las marcas que su paja escondía. Según la versión que la tradición conserva, fue Ogum —nuestro viejo conocido, el que teje y forja— quien se apiadó primero y le tranzó la vestimenta de fibra de palmera que le permitió volver al salón. Pero fue Iansã quien completó el milagro: la señora de los vientos, que todo lo ve de reojo, comprendió la triste situación del hombre de la paja y se compadeció. Esperó a que estuviera en el centro del salón, se le acercó danzando, y sopló. En ese instante de encanto y ventolera, las heridas de Xapanã saltaron por el aire transformadas en una lluvia de pipocas —la flor blanca del maíz, que se esparció por todo el salón—, y bajo la paja levantada apareció un joven bello y encantador. Desde entonces —concluye la tradición que el propio Batuque registra— Xapanã e Iansã son grandes aliados y reinan juntos sobre el mundo de los espíritus de los muertos: el lector de la serie ya conocía esta alianza desde la entrada de Oiá, donde documentamos que fue Xapanã quien le concedió el poder sobre los eguns. Los itans, otra vez, son un solo tejido.
Sentido: la pipoca —el grano duro que el fuego convierte en flor— es la teología entera de Xapanã en un puñado: lo que el dolor endureció, el calor justo lo abre en blanco. Por eso su comida ritual es la pipoca, y por eso este itan es el favorito de todos los que alguna vez sanaron: porque promete que las heridas, tratadas con el viento correcto, terminan volando convertidas en flores.
El peregrino: cómo se mide la salud de un pueblo
Cuentan que el señor de la tierra salió a recorrer el mundo, pobre y cubierto de paja, pidiendo agua y techo de aldea en aldea. Donde lo recibieron con desprecio —donde le cerraron las puertas al extranjero enfermo, donde se burlaron de su aspecto—, la peste entró detrás de él, como entra siempre en las casas que no cuidan al que sufre. Donde lo recibieron con respeto —donde hubo agua para el sediento y esteras para el cansado—, dejó a su paso salud, cosecha y bendición. Cuando las aldeas comprendieron la lección, ya era tarde para el orgullo y temprano para la sabiduría: desde entonces, enseña el itan, ninguna comunidad ignora que el forastero que sufre es siempre un examen —y que la salud de un pueblo se mide, exactamente, en cómo trata a sus enfermos—.
Sentido: no hay salud individual en una comunidad que abandona; la epidemia empieza siempre donde termina la hospitalidad. Todo sistema de salud pública del mundo es, sin saberlo, un templo de este itan.
El que barre también en la última puerta
La documentación del sur enseña que Xapanã —especialmente en su forma vieja— tiene fuerte pasaje junto a los muertos y es extremadamente importante en los rituales fúnebres de la religión, respondiendo junto a Xangô e Iansã por los procesos de desencarnación. La serie entera converge en esta tarjeta: el rey que dictó la ley de la frontera, la señora que la patrulla con su eruexim, y el viejo de la paja que barre el camino para que el que parte, parta limpio. El fundamento completo de esos ritos pertenece, como corresponde, a los mayores y al cuarto de santo; sépanlo apenas: en nuestra religión, nadie muere sin que alguien barra su camino.
Cierro con la regla de la serie: los itans que el Batuque conserva en su tradición oral no siempre coinciden con las versiones publicadas, y hay itans propios de cada Nación que no están en ningún libro ni deben estarlo. Lo contado es el río a cielo abierto; lo demás pertenece al cuarto de santo.
8 · Las cualidades de Xapanã en el Batuque, una por una
La documentación del Batuque registra tres cualidades principales, atravesadas por la gran división entre el Xapanã viejo y el joven, y una cuarta figura que merece mención reverente.
Xapanã Jubeteí — el guerrero de Oiá
De colores rojo y negro, sus adjuntós documentados lo unen a las dos guerreras de la serie: Oiá y Obá. Sus sincretismos siguen esa lógica con precisión de orfebre: San Roque cuando hace adjuntó con Oiá —el santo peregrino de la peste, retratado siempre mostrando la llaga de su pierna y acompañado del perro que le traía el pan: imposible vestir mejor al peregrino de nuestra tradición— y San Lázaro cuando lo hace con Obá —el pobre llagado del Evangelio, consolado en el seno de Abraham—.
Xapanã Belujá — el del salón de las señoras
También de rojo y negro, con adjuntós documentados con Iansã y Oxum Olobá. Sus sincretismos suben un escalón en solemnidad: Jesucristo crucificado cuando hace adjuntó con Oxum Olobá y el Señor de los Pasos —el Cristo cargando la cruz camino del Calvario— cuando lo hace con Iansã. Repárese en la eleción de los mayores: para vestir al Orixá que carga en el cuerpo el sufrimiento del mundo, no eligieron a un santo cualquiera —eligieron al propio Cristo doliente, la imagen máxima que el catolicismo tiene del que sufre por los demás—. No existe en todo el sincretismo americano un gesto de mayor jerarquía.
Xapanã Sapatá — el joven de lila
La cualidad joven, que conserva casi intacto el nombre daomeano original —Sapatá, de Sakpata— y se distingue hasta en el color: donde los otros visten rojo y negro, Sapatá viste lila o morado, con guia propia. Sus adjuntós documentados: con Iansã o con Obá; sus sincretismos, Jesucristo crucificado y San Lázaro según el caso. La tradición lo describe como el hechicero de la familia —el joven que heredó entera la ciencia del viejo—.
Gama — la figura ligada a su culto
La documentación registra además a Gama, divinidad ligada al culto de Xapanã que no todas las casas cultivan —como Zina y Zambirá, otras memorias vodun que el Batuque conserva—. Su fundamento pertenece a los mayores de las casas que la sirven, y ahí lo dejamos, con reverencia: esta serie nombra lo que existe y calla lo que corresponde.
9 · Los símbolos: el xaxará, la paja, la pipa, el rojo y el negro
El alfabeto material de Xapanã es el de un sanador antiguo. El xaxará —el cetro de nervaduras de palmera adornado, con el que barre las energías de la enfermedad— y la escoba, su hermana doméstica de siete colores, encabezan sus herramientas documentadas; los acompañan la pipa —el cachimbo del viejo que fuma despacio y escucha largo—, las favas —las semillas de fundamento—, las monedas y los búzios, y en algunas casas, para su cualidad más brava, hasta el revólver —marca de época compartida con Ogum Avagã—. Y sobre todos ellos, la paja de la costa: la vestimenta que Iemanjá tejió y que lo cubre de la cabeza a los pies —el símbolo más reconocible del Orixá en toda América, la cortina sagrada entre su historia y la mirada ajena—. La documentación del sur agrega que sus asentamientos se tratan siempre con epô, el aceite rojo de palma.
El rojo y el negro son sus colores —la sangre y la tierra, la vida y su descanso—, con el lila reservado a Sapatá: y nótese que el lila y el morado son, también en la liturgia católica, los colores de la Cuaresma y del duelo —otra sintonía que los mayores no necesitaron que nadie les explicara—. El siete es su número, con el nueve documentado entre algunos Babalorixás de la Cabinda; el miércoles su día, compartido con Obá. Sus guias van de una cuenta roja y una negra a las combinaciones 7x7 y 9x9 según cualidad y casa: variación legítima que la propia bibliografía registra.
10 · La mesa de Xapanã: lo que la literatura documenta
La mesa documentada de Xapanã es la más austera y la más conmovedora de toda la serie: la pipoca ante todo —su comida por excelencia, la flor blanca del itan de Iansã: cada grano reventado es una herida convertida en flor—; el feijão tostado —miúdo torrado y negro cocido según la casa—; el maní tostado; el opeté de batata inglesa; y en el registro de la Nación Jeje-Ijexá, las siete tiras de carne cruda sin grasa ni nervio. Granos tostados, semillas, maíz reventado: la comida del señor de la tierra es, literalmente, lo que la tierra da —pasado por el fuego que transforma, como él mismo—.
Y la regla innegociable de la serie: esto es documentación cultural, no recetario. Una ofrenda es un acto litúrgico completo —fundamento, palabra, canto y autoridad— que solo existe dentro de una casa de religión y bajo la guía de su sacerdote o sacerdotisa.
11 · San Roque, San Lázaro y el Señor de los Pasos: los sincretismos del peregrino
Los sincretismos de Xapanã ya fueron presentados cualidad por cualidad, pero merecen esta mirada de conjunto, porque forman el retablo más solemne de toda la serie: San Roque, el peregrino de la peste con su llaga y su perro; San Lázaro, el pobre llagado a quien los perros lamían las heridas —patrono universal de los enfermos, el mismo del Rincón habanero de Babalú Ayé—; el Señor de los Pasos, el Cristo cargando la cruz; y el Cristo crucificado mismo. Ningún otro Orixá de nuestra serie fue vestido con el propio Cristo: los mayores reservaron la imagen máxima del sufrimiento redentor para el Orixá que carga en su cuerpo el sufrimiento del mundo y lo devuelve convertido en cura. El día popular de San Lázaro —el 17 de diciembre— y el de San Roque —el 16 de agosto— marcan sus fechas grandes en la devoción de medio continente.
Sobre el debate entre sincretismo y desincretización vale, por última vez en esta entrada, lo dicho en toda la serie: dos amores por la misma herencia; ojalá ninguna diferencia nos divida más de lo que la persecución no pudo.
12 · Xapanã en el Río de la Plata
Todo lo dicho sobre la expansión del Batuque hacia el Plata vale para Xapanã con una resonancia que esta región conoce en carne propia: somos tierra de epidemias memoriosas —la fiebre amarilla que vació el sur de Buenos Aires en 1871, la polio de los cincuenta, el dengue de cada verano, la pandemia que todos acabamos de atravesar— y tierra, también, de hospitales públicos, salitas de barrio, enfermeras y médicos que sostienen la salud de millones con más vocación que recursos. Todo ese territorio —el de la enfermedad que llega y el de la gente que se queda a cuidarla— es territorio de Xapanã. Si esta serie le encontró a Obá los choferes y a Ossanha las yuyeras, a Xapanã le corresponde el pueblo entero de guardapolvo y ambo: que sepan los trabajadores de la salud que el panteón africano tiene un señor que camina sus pasillos desde mucho antes de que existieran los pasillos.
Y al vecino que mira de reojo, la invitación de siempre: eso que usted ve no es superstición peligrosa; es una religión con dos siglos de historia documentada, bibliografía académica y millones de fieles, amparada por la misma libertad de culto que protege la suya. Y si un miércoles escucha los tambores y un saludo grave y sereno —¡Abaô!—, ya sabe a quién se saluda: al señor de la tierra que todos pisamos, el que conoce todas las heridas y no se espanta de ninguna.
13 · Lo que no se dice: el fundamento del silencio
Rige para Xapanã lo que rige para toda nuestra religión, explicado en detalle en la primera entrada: en el Batuque, el iniciado no debe saber que está siendo incorporado por su Orixá, y no se comenta lo que el Orixá hizo durante la incorporación. Y con Xapanã el silencio alcanza su capa más honda de toda la serie: su fundamento toca a la vez los rituales fúnebres, las limpiezas mayores y los misterios que hasta el resto del mundo afro-religioso rodea de tabú —empezando por su propio nombre—. Esta entrada muestra el río a cielo abierto; el resto pertenece al cuarto de santo y a la memoria de los mayores. La paja que lo cubre es la metáfora perfecta de su culto entero: lo esencial está presente, y no está a la vista. Así debe ser.
14 · Palabras finales
Octava entrada, y la verdad sigue alcanzando y sobrando. La historia real de Xapanã —la del niño abandonado que dos maneras de amar se disputaron; la del hombre de la paja cuyas heridas un viento compasivo convirtió en lluvia de flores blancas; la del peregrino que enseñó que la salud de un pueblo se mide en cómo trata a los que sufren; la del dueño de la escoba que unió, siglos antes que la ciencia, la limpieza con la cura; la del único Orixá de esta serie vestido con el propio Cristo doliente— no necesita un solo adorno. Necesitaba ser contada con la delicadeza que se les debe a las heridas ajenas.
Si usted llegó hasta acá sin ser de la religión, gracias otra vez por la media hora y por la mirada limpia. Si usted es de la religión, ya sabe todo lo que falta y por qué falta. Y si usted está hoy atravesando una enfermedad, propia o de alguien amado: que este viejo de la paja, que las conoce todas, barra el camino y deje pasar la cura —y que nunca le falte al lado una Iemanjá que teja—.
Que Xapanã, señor de la tierra, siga barriendo de nuestros caminos lo que enferma y lo que ya no sirve; que su paja nos enseñe a respetar las historias que no nos muestran; y que su pipoca nos recuerde, cada vez que el fuego apriete, que hay granos que solo florecen en el calor.
15 · Glosario para el lector que llega de afuera
Se suman aquí los términos nuevos de esta entrada; los generales están definidos en los glosarios de las entradas anteriores de la serie.
Xaxará: el cetro ritual de nervaduras de palmera con que Xapanã barre las energías de la enfermedad.
Vassoura (escoba): herramienta ritual documentada de Xapanã, dueño de la limpieza; su escoba de trabajos lleva siete colores.
Paja de la costa (palha-da-costa): la fibra vegetal sagrada con que Iemanjá vistió a Xapanã; lo cubre de la cabeza a los pies.
Sakpata / Sànpònná: nombre fon original del Orixá en el antiguo Dahomey: «Dueño de la Tierra».
Obaluaê / Omolu: títulos yorubas del mismo señor: «Señor de la Tierra» e «Hijo del Señor de la Tierra»; los nombres con que se lo llama donde el nombre Xapanã se evita.
Cachimbo: la pipa, herramienta ritual documentada del viejo Xapanã.
Favas: semillas de fundamento usadas en su culto.
Gama: divinidad ligada al culto de Xapanã, conservada en algunas casas del Batuque.
16 · Referencias
- CORRÊA, Norton Figueiredo. O Batuque do Rio Grande do Sul: antropologia de uma religião afro-rio-grandense. 2ª ed. São Luís: Cultura & Arte, 2006.
- FERREIRA, Paulo Tadeu Barbosa. Os Fundamentos Religiosos da Nação dos Orixás. 2ª ed. Porto Alegre: Editora Toquí, 1994.
- VERGER, Pierre Fatumbi. Orixás: deuses iorubás na África e no Novo Mundo. Salvador: Corrupio, 1981 (capítulo dedicado a Obaluaê/Omolu/Sakpata: el culto daomeano, los nombres y sus interdicciones, la difusión americana).
- PRANDI, Reginaldo. Mitologia dos Orixás. São Paulo: Companhia das Letras, 2001 (corpus de itans de Obaluaê: el abandono y la crianza de Iemanjá, la fiesta y el viento de Iansã, el peregrino).
- Documentación etnográfica y sacerdotal del Rio Grande do Sul sobre el culto de Xapanã en las Naciones del Batuque: saludo, día, números 7 y 9, colores y guias, cualidades Jubeteí, Belujá y Sapatá con sus adjuntós y sincretismos, las herramientas (xaxará, escoba de siete colores, cachimbo, favas), las ofrendas, la vestimenta de paja de la costa, el rol en los rituales fúnebres junto a Xangô e Iansã, el origen vodun (Sakpata) y las figuras asociadas (Gama), así como los itans del abandono y la lluvia de pipocas conservados en la tradición del sur.
- Fundamento y transmisión oral propios de la Nación Nagô-Jeje del Batuque.