Odé y Otim: los señores del monte
Publicado el mayo 18, 2020
Odé y Otim: los señores del monte
- Nota del autor: la primera entrada doble de la serie
- Cómo leer este estudio
- Quién es Odé: el Rey de Queto
- Quién es Otim: el tesoro que solo el sur conserva
- Donde está Odé está Otim: la teología de la pareja
- Un mismo principio, muchos nombres: Oxóssi, Ochosi, Odé
- Los itans de Odé y Otim: cuatro leyendas de la tradición oral
- El cazador que protege a los animales
- Los símbolos: el arco, la honda, el bodoque, el cántaro
- La mesa de Odé y Otim: lo que la literatura documenta
- San Sebastián y las santas de Otim: los sincretismos del monte
- Odé y Otim en el Río de la Plata
- Lo que no se dice: el fundamento del silencio
- Palabras finales
- Glosario para el lector que llega de afuera
- Referencias
1 · Nota del autor: la primera entrada doble de la serie
Esta entrada es distinta a todas las anteriores, y lo es por obediencia al fundamento: después del rey Xangô, el orden del toque nos trae no a un Orixá sino a dos, y separarlos habría sido faltarles el respeto. Odé y Otim son la pareja inseparable del Batuque: donde está uno está el otro, se los saluda juntos, se los asienta juntos, se los sirve juntos —la propia literatura de la religión enseña que no se ofrenda a uno sin dar al otro—. Una serie que presume de seriedad no podía hacer con ellos lo que ni los mayores hacen: tratarlos de a uno.
Y hay una segunda razón por la que esta entrada me emociona especialmente, y la adelanto porque es uno de los datos más hermosos de toda nuestra religión: Otim es un tesoro que prácticamente solo el sur conserva. La documentación es unánime: esta Orixá femenina es cultuada en Brasil principalmente en Rio Grande do Sul —y desde allí, en el Uruguay y la Argentina—; el Candomblé bahiano no la conoce como Orixá propia, y su memoria plena vive en el Batuque y en casi ningún otro lugar del mundo. Cuando un templo de Lomas de Zamora o de Montevideo canta para Otim, está sosteniendo, casi en soledad planetaria, un hilo de memoria africana que en todas partes menos aquí se adelgazó hasta perderse. Esta entrada quiere ser también un homenaje a ese milagro de conservación.
Rige la promesa de toda la serie: escribo desde adentro de un terreiro, sin más credencial que mi fe, mi linaje y mis años de aprendizaje; nada de lo que sigue está inventado ni adornado, cada dato fue contrastado con la bibliografía listada al final o pertenece al fundamento oral, y en ese caso lo digo. Lo secreto sigue siendo secreto. Y vale la advertencia de siempre, que con esta pareja se vuelve especialmente necesaria porque su culto varía mucho entre casas: lo aquí descrito es la mirada de la Nación Nagô-Jeje y de las fuentes citadas; en la Cabinda, la Ijexá o la Oyó, guias, números, días y sincretismos cambian. Ninguna variante es menos legítima que otra.
2 · Cómo leer este estudio
Vale el marco metodológico de toda la serie: donde el texto diga «así se hace», léase «así se hace en la tradición que conozco y en las fuentes que cito»; donde hay variación documentada, la señalo; donde el fundamento es secreto, me detengo. Continúa la sección de itans con sus reglas de siempre: son teología narrada, existen en muchas versiones, y las recuento con mis propias palabras a partir del corpus documentado por Verger y Prandi y de la tradición conservada en el propio Batuque.
3 · Quién es Odé: el Rey de Queto
Odé es, en nuestra tradición, el Orixá de la caza y del monte: el arquero perfecto del panteón, el joven señor de las florestas, el proveedor. Su propio nombre lo dice todo: ọdẹ significa, en yoruba, sencillamente «cazador». Es el mismo que el Candomblé conoce como Oxóssi —la documentación del Batuque lo registra expresamente—, y la tradición le reconoce el título de Rey de Queto, la antigua ciudad yoruba de la que fue patrono y monarca, y desde la cual su culto llegó a ser uno de los más difundidos de toda la diáspora.
Pero la clave de Odé está en el tipo de guerrero que es. La literatura del sur lo distingue con precisión: a diferencia de los Orixás que combaten contra ejércitos, el combate de Odé es cotidiano —en el monte, buscando el alimento que garantiza la vida de su familia—. No pelea por gloria: pelea por la olla. Es el Orixá del sustento diario, de la despensa llena, del «buen andamiento de la vida y de las casas», como lo formula la propia documentación batuquera. Y de ahí su otro rasgo esencial, que los mayores subrayan: el amor a la libertad y la independencia. El cazador trabaja solo, decide solo, se guía por su propio ojo; su templo es el monte abierto y su ley, la puntada exacta. Los hijos de Odé —dice el arquetipo documentado, con las reservas de siempre— heredan ese aire: gente despierta, rápida, curiosa, con iniciativa, amiga de las novedades y los descubrimientos, que se ahoga en las jaulas y florece en el campo abierto.
4 · Quién es Otim: el tesoro que solo el sur conserva
Otim es la Orixá cazadora: compañera inseparable de Odé, arquera como él, pescadora de lanza, señora que recorre el monte con un cántaro de agua sobre la cabeza —su emblema, el símbolo de su axé—. Como Oiá, lleva nombre de río: la documentación registra que Otim es el nombre de un río que corre entre Ilorin e Ibadán, en Nigeria —la cazadora es también agua dulce, y por eso su cántaro nunca está vacío—.
Su rareza es su historia. La literatura registra que Otim tiene casi ausencia de hijos de cabeza —la mitología enseña que no tuvo hijos en la tierra, y que por eso cede sus cabezas a Odé—, lo que explica su casi olvido fuera del sur. Y sin embargo, en el Batuque su presencia es estructural: la documentación del Rio Grande do Sul enseña que Otim integra el erumalé —el conjunto de Orixás asentados— de casi todos los sacerdotes del estado, y que quien asienta a Odé está obligado a hacer junto las obligaciones de Otim. Puede tener pocos hijos, pero ninguna casa seria camina sin ella: es la diferencia entre la fama y el fundamento, y Otim eligió el fundamento.
Sobre quién es Otim en el plano del misterio, la tradición conserva versiones distintas que veremos en los itans —incluida una de una belleza única en todo el panteón: la que enseña que Otim es el único Orixá que jamás vivió en la tierra—. Lo que ninguna versión discute es su lugar: al lado de Odé, para siempre. Hasta el apodo cariñoso que la tradición le conserva —«la gorda», por el itan de la caza compartida que contaremos— habla de una intimidad de siglos: solo a los seres más amados de la casa se les dice así, con esa mezcla de risa y ternura que no se le permite a ningún extraño.
5 · Donde está Odé está Otim: la teología de la pareja
La fórmula es de la propia literatura del Batuque y merece grabarse: «donde está Odé está Otim». No se sacrifica para uno sin dar al otro; los animales de sus ofrendas son los mismos, cambiando apenas el sexo; sus asentamientos van juntos; su saludo se pronuncia para los dos. El adjuntó principal de Odé es Otim, y el de Otim es Odé —y en las raras ocasiones documentadas en que Odé hace adjuntó con Oxum Pandá, Ademun o Iemanjá Bocí, la tradición enseña que Otim no desaparece: pasa a la «passagem», sigue presente, porque no hay configuración del universo en la que Odé camine sin ella—.
Deténgase el lector un momento en lo que esto significa teológicamente, porque no conozco nada igual en otras tradiciones: nuestro panteón consagró, en el corazón mismo de su liturgia, la pareja como unidad sagrada indivisible. No dos Orixás que se aman —amores y desamores sobran en los itans, como vimos con Ogum, Oiá y Xangô—, sino dos que son uno: la sociedad perfecta del que provee y la que administra, del que caza y la que carga el agua, del arco y el cántaro. En un panorama mitológico mundial lleno de dioses solitarios y matrimonios tormentosos, el Batuque guarda esta imagen mansa y revolucionaria: la divinidad puede ser, también, un equipo de dos que no se falla.
«Al monte no se entra de a uno. Odé ve la caza; Otim ve el camino de vuelta.»— Enseñanza oral de los mayores de la Nación
6 · Un mismo principio, muchos nombres: Oxóssi, Ochosi, Odé
Como en toda la serie, el mapa de la diáspora del cazador, que es un mapa de respeto:
| Tradición | Nombre | Territorio principal |
|---|---|---|
| Religión tradicional yoruba | Ọṣọọsì / Ọdẹ (patrono de Ketu) | Nigeria, Benín |
| Candomblé | Oxóssi | Bahía y todo Brasil |
| Regla de Ocha / Santería | Ochosi (uno de los Guerreros) | Cuba y su diáspora |
| Batuque | Odé, siempre junto a Otim | Rio Grande do Sul, Uruguay, Argentina, Paraguay |
| Umbanda | Oxóssi y las líneas de caboclos | Brasil, Río de la Plata |
Y la observación que hace única a esta fila de la tabla: Otim no tiene equivalente pleno en las otras columnas. La documentación registra en el Candomblé de Ketu apenas una Oxum Otim —una cualidad cazadora y arisca de Oxum—, sombra lejana de la Orixá completa que el sur conserva con culto, asentamiento, ofrendas y saludo propios. En el mapa mundial de la diáspora africana, la casilla de Otim está casi vacía en todas partes... menos en la nuestra. Léalo el lector rioplatense con el orgullo que corresponde: hay una señora del panteon yoruba cuya memoria plena vive hoy, fundamentalmente, entre Porto Alegre, Montevideo y Buenos Aires.
7 · Los itans de Odé y Otim: cuatro leyendas de la tradición oral
Valen las reglas de siempre: los itans son teología narrada, existen en muchas versiones, y los recuento con mis propias palabras a partir del corpus documentado por Verger y Prandi y de la tradición conservada en el propio Batuque. El lector religioso reconocerá variantes, y está bien que así sea.
Oxotokanxoxô: el cazador de la flecha única
Cuentan que un pájaro gigantesco, enviado por las hechiceras, se posó sobre el palacio de la ciudad, y que su sombra trajo desgracia y miedo. El rey mandó llamar a los cazadores más célebres: vino el de las veinte flechas, y falló; vino el de las cuarenta flechas, y falló; vino el de las cincuenta, fanfarrón como los anteriores, y falló también. Quedó solo un joven de Iremá, hijo único, que se presentó con una sola flecha: Oxotokanxoxô, «el cazador de un solo disparo». Su madre, comprendiendo que su hijo estaba a un paso de la muerte o de la gloria, corrió a consultar al adivino, hizo la ofrenda debida y pronunció tres veces la palabra justa. En el instante exacto en que la flecha partía, el pájaro aflojó el encanto que lo protegía —para recibir la ofrenda de la madre— y el único disparo lo atravesó. El pájaro cayó, el pueblo danzó y gritó el nombre nuevo del héroe —Oxó wusì!, «el cazador es popular»—: y de ese grito, enseña Verger, nació el nombre con que medio mundo lo conoce, Oxóssi.
Sentido: la puntería vale más que el arsenal, y la humildad más que la fanfarria. Pero nótese quién gana de verdad esta historia: la madre que hizo la ofrenda a tiempo. Detrás de cada flecha perfecta hay alguien que preparó el camino.
El hechizo de Ossanha
Cuentan que Iemanjá, madre de Odé, andaba inquieta por su hijo y consultó al adivino, que le advirtió: si Odé seguía internándose en el monte, encontraría a Ossanha —el señor del axé de las hojas, que vive en las profundidades de la floresta— y quedaría atado a su compañía para siempre. Iemanjá le exigió a su hijo que renunciara a la caza; pero Odé, que es la independencia misma, siguió saliendo con los demás cazadores. Como siempre, se separaban junto al gran árbol y volvían a encontrarse allí al caer el día. Hasta que un día Odé no volvió: había encontrado a Ossanha, que le dio a beber una poción de hojas maceradas —la que la tradición llama amunimuyé, «la que se apodera de la persona y de su entendimiento»—, y Odé, olvidado de quién era y de dónde venía, se quedó viviendo en el monte con el señor de las hojas. La leyenda enseña que el encantamiento con el tiempo se quebró; pero algo de Odé quedó para siempre en el monte, y algo del monte quedó para siempre en Odé.
Sentido: hay llamados más fuertes que todas las advertencias, y vocaciones que ni el amor de una madre puede desviar. El próximo protagonista de esta serie, dicho sea de paso, acaba de entrar en escena: Ossanha, el señor de las hojas, nos espera en la entrada que viene.
La caza compartida
Este itan es pequeño como una semilla y, como una semilla, contiene el árbol entero de esta pareja. Cuentan los mayores del sur —y la literatura del Batuque lo registra con las mismas palabras cariñosas— que Odé sale a cazar y acierta siempre, porque es el mejor; pero que, cobrada la presa, le da pena y remordimiento, y entonces le entrega la caza a Otim, que se la come toda y rápido —y por eso el apodo tierno con que la tradición la nombra—. En dos líneas, el itan pinta todo: el cazador de corazón blando que provee sin crueldad, la compañera de apetito franco que no desperdicia lo que la vida da, y entre los dos, la abundancia que no sobra ni falta. Son los Orixás de la «fartura» —de la despensa llena y la mesa generosa— precisamente porque entre los dos completan el ciclo entero del sustento: conseguirlo y honrarlo.
Sentido: la abundancia no es acumular, es que nada de lo que la vida entrega se pierda ni se deshonre. Él caza con pena; ella come con gratitud: juntos enseñan la única relación limpia que existe con el alimento.
Los dos orígenes de Otim
Sobre quién es Otim, la tradición conserva dos leyendas, y la honestidad de esta serie obliga a presentarlas juntas. La primera cuenta que Otim nació princesa: hija de Enrilé, rey de la ciudad de Otã, vino al mundo con una marca en el cuerpo que su padre convirtió en secreto de Estado, aconsejándole no casarse jamás —porque un esposo, por más que la amara, algún día se enojaría y revelaría al mundo lo que debía permanecer oculto—. La tradición enseña que el secreto, como todos los secretos confiados a la ira ajena, terminó traicionado, y que Otim huyó de la vergüenza hacia el monte y hacia el agua, hasta volverse el río que lleva su nombre. La segunda leyenda es de una ternura que no tiene igual en todo el panteón: cuenta que Odé, que cazaba siempre solo, imaginó una compañera con tanta fuerza y tantas ganas que Otim apareció —siendo así, según este itan, el único Orixá que jamás estuvo vivo en la tierra: la única divinidad nacida pura y enteramente del deseo de no estar solo—.
Sentido: las dos versiones, tan distintas, enseñan lo mismo desde orillas opuestas —que Otim es la respuesta a una herida: la de la que fue traicionada y encontró refugio, o la del que estaba solo y encontró compañía—. Por eso su cántaro nunca se seca: está hecho del agua que consuela.
Cierro con la regla de la serie: los itans que el Batuque conserva en su tradición oral no siempre coinciden con las versiones publicadas, y hay itans propios de cada Nación que no están en ningún libro ni deben estarlo. Lo contado es el río a cielo abierto; lo demás pertenece al cuarto de santo.
8 · El cazador que protege a los animales
Hay un dato documentado sobre Odé que parece una contradicción y es, en realidad, la clave más honda de su teología: la literatura registra que en los cultos puramente africanos sus ofrendas eran devueltas a la naturaleza, porque Odé es considerado el protector de los animales. El gran cazador es, al mismo tiempo, el guardián de la caza: su responsabilidad como Orixá —lo formula la propia documentación— es garantizar la vida de los animales, para que el alimento de los seres humanos esté asegurado hoy y siempre. Ningún ecologista moderno lo diría mejor: el que vive del monte es el primer obligado a que el monte viva. Odé caza para comer, jamás por deporte; toma lo necesario y protege el resto; y su pena tras cada presa —la del itan de la caza compartida— es la conciencia de quien sabe que todo alimento es una vida que se entrega. En tiempos de depredación, pocos mensajes de nuestra religión son más actuales que el del joven arquero del monte: la naturaleza no es despensa, es socia; y con las socias no se abusa.
9 · Los símbolos: el arco, la honda, el bodoque, el cántaro
El alfabeto material de esta pareja es el más campestre de todo el panteón, y tiene un detalle que enternece a cualquiera que haya sido chico en este continente. Las herramientas documentadas de Odé y Otim son el arco y la flecha, la lanza, la funda —la honda— y el bodoque —la gomera, la infaltable horqueta con elástico de toda infancia sudamericana—, junto a las monedas y los búzios; y algunas casas suman entre sus elementos las bolitas —las canicas—. Léalo de nuevo el lector: en el altar del gran cazador del panteón conviven la lanza del guerrero y la gomera del pibe. Es la teología entera de Odé en dos objetos: el monte es cosa seria y es cosa de chicos, y el mejor arquero del universo no dejó nunca de ser el muchachito que salía a explorar.
El emblema de Otim es el cántaro que carga sobre la cabeza, lleno del agua de sus quehaceres —símbolo documentado de su axé, memoria del río que es y del sustento que administra—. El azulón es el color de ambos: azul fuerte con blanco para Odé, azul con rosa para Otim, con las variantes documentadas de cada nación —la guia azul, rosa y blanca de la Cabinda; el azulón con rosa de la Ijexá—. El siete es su número en la tradición más difundida, con naciones que adoptan el ocho y casas que cuentan de a cuatro: variación legítima que la propia bibliografía registra. El viernes es su día —y la razón documentada es una delicadeza de familia: es el día de Iemanjá, la madre de Odé; el hijo se atiende el día de la madre—. Sus lugares son el monte y la playa; sus frutas documentadas, las del monte criollo: la uva negra, el butiá, el araçá, la manzana.
10 · La mesa de Odé y Otim: lo que la literatura documenta
La mesa de la pareja es la del monte y la del cariño: la documentación registra la costilla y la chuleta de cerdo —el plato predilecto de Otim, dice expresamente la literatura— fritas y refogadas con dendê y una pizca de miel; el feijão miúdo; el miamiã dulce; y un detalle que vuelve a delatar el alma de esta pareja: los dulces —caramelos y chupetines— figuran entre sus ofrendas documentadas, junto a la cocadita y el merengue que algunas casas registran. El cazador más letal del panteón y su compañera comen asado de cerdo con miel y golosinas: si el lector no sonrió con esta línea, vuelva a leerla.
Y la regla innegociable de la serie: esto es documentación cultural, no recetario. Una ofrenda es un acto litúrgico completo —fundamento, palabra, canto y autoridad— que solo existe dentro de una casa de religión y bajo la guía de su sacerdote o sacerdotisa. Recuérdese además lo dicho: a esta pareja no se le da a uno sin dar al otro —regla documentada que ninguna casa seria olvida—.
11 · San Sebastián y las santas de Otim: los sincretismos del monte
El sincretismo documentado de Odé en Rio Grande do Sul es con San Sebastián —cuyo día, el 20 de enero, marca la gran fecha del cazador en el calendario popular—, y una vez más los mayores eligieron con el ojo del propio Odé: San Sebastián es el santo atravesado por flechas, el único de todo el santoral cuya iconografía es imposible de mirar sin pensar en un arquero. El señor de las flechas vestido con el santo de las flechas: puntería perfecta, como siempre.
Para Otim, la documentación registra según la casa a Santa Bernadette, Santa Efigenia o Santa Rita de Casia —y el lector devoto notará la coherencia del abanico: la vidente humilde de Lourdes, la princesa etíope de la iglesia, la santa de lo imposible; tres mujeres de historia esquiva y fe enorme para vestir a la Orixá más discreta del panteón—. Y la literatura conserva un dato precioso que muestra la libertad con que cada casa resolvió su altar: en algunos lados, Odé y Otim no se representan con santos, sino como una pareja de indios tallados en madera —el monte americano prestándole su propia gente a los cazadores africanos, en uno de los gestos de mestizaje más conmovedores de toda nuestra tradición—. Sobre el debate entre sincretismo y desincretización vale lo dicho en toda la serie: dos amores por la misma herencia.
12 · Odé y Otim en el Río de la Plata
Todo lo dicho sobre la expansión del Batuque hacia el Plata vale aquí con el matiz más entrañable de toda la serie: como contamos al comienzo, el Río de la Plata es hoy, junto al Rio Grande do Sul, uno de los últimos guardianes planetarios del culto pleno de Otim. Cada casa de religión de Buenos Aires, del conurbano o de Montevideo que asienta a Odé con su compañera está haciendo, sin aspavientos, trabajo de patrimonio de la humanidad: conservar viva una memoria que en el resto del mundo se volvió nota al pie. Y hay algo justo en que sea así: esta tierra de montes, esteros y campo abierto —donde todavía se caza para comer y donde toda infancia conoció una gomera— era el hábitat natural para que la pareja del monte echara raíz.
Y al vecino que mira de reojo, la invitación de siempre: eso que usted ve no es superstición peligrosa; es una religión con dos siglos de historia documentada, bibliografía académica y millones de fieles, amparada por la misma libertad de culto que protege la suya. Y si un viernes escucha los tambores y un grito que suena a monte abierto —¡Okê Bambô!—, ya sabe a quiénes se saluda: al arquero que nunca falla y a la señora del cántaro que jamás lo deja ir solo.
13 · Lo que no se dice: el fundamento del silencio
Rige para esta pareja lo que rige para toda nuestra religión, explicado en detalle en la primera entrada: en el Batuque, el iniciado no debe saber que está siendo incorporado por su Orixá, y no se comenta lo que el Orixá hizo durante la incorporación. Y con Otim, el silencio tiene una capa doblemente delicada: siendo la Orixá de menos hijos y menos páginas de todo el panteón, la mayor parte de su fundamento vive exclusivamente en la memoria de los mayores del sur —razón de más para no especular donde no hay fuente, y para tratar cada dato suyo como lo que es: una reliquia—. Esta entrada muestra el río a cielo abierto; el resto pertenece al cuarto de santo, y con esta señora, más que con nadie, está bien que así sea.
14 · Palabras finales
Quinta entrada, y la comprobación de siempre: la verdad alcanza y sobra. La historia real de esta pareja —la del arquero que ganó su nombre con una sola flecha y la humildad de su madre; la del cazador que protege a los animales que caza; la de la Orixá nacida del deseo de no estar solo, cuyo culto pleno el mundo entero olvidó menos nosotros; la de la gomera y las canicas en el altar del guerrero— no necesita un solo adorno. Necesitaba, apenas, ser contada de a dos, como ellos andan.
Si usted llegó hasta acá sin ser de la religión, gracias otra vez por la media hora y por la mirada limpia. Si usted es de la religión, ya sabe todo lo que falta y por qué falta. Y si en su casa se sirve a Odé: déle también a Otim, que la regla es vieja y es sabia.
Que Odé, señor del monte, siga acertando la flecha única de nuestro sustento; que Otim mantenga lleno el cántaro y llena la despensa; y que entre los dos nos enseñen lo que este mundo apurado olvidó: que al monte, a la mesa y a la vida no se entra de a uno.
15 · Glosario para el lector que llega de afuera
Se suman aquí los términos nuevos de esta entrada; los generales están definidos en los glosarios de las entradas anteriores de la serie.
Odé (ọdẹ): «cazador» en yoruba; nombre con que el Batuque conoce al Orixá llamado Oxóssi en el Candomblé.
Erumalé: el conjunto de los Orixás asentados de un sacerdote o de una casa; Otim integra el de casi todos los sacerdotes del sur.
Passagem: modo de presencia ritual de un Orixá que acompaña sin ocupar el lugar principal; así permanece Otim cuando Odé hace adjuntó con otra Orixá.
Bodoque: la gomera u honda de horqueta, documentada entre las herramientas rituales de Odé.
Cántaro (quartinhão): la vasija de agua que Otim carga sobre la cabeza, emblema documentado de su axé.
Fartura: abundancia, despensa llena; el dominio característico de esta pareja en la enseñanza del Batuque.
Amunimuyé: nombre tradicional de la preparación de hojas del itan de Ossanha: «la que se apodera de la persona y de su entendimiento».
Butía y araçá: frutas del monte del sur, documentadas entre las de Odé y Otim: hasta en la fruta, esta pareja es de esta tierra.
16 · Referencias
- CORRÊA, Norton Figueiredo. O Batuque do Rio Grande do Sul: antropologia de uma religião afro-rio-grandense. 2ª ed. São Luís: Cultura & Arte, 2006.
- FERREIRA, Paulo Tadeu Barbosa. Os Fundamentos Religiosos da Nação dos Orixás. 2ª ed. Porto Alegre: Editora Toquí, 1994.
- VERGER, Pierre Fatumbi. Orixás: deuses iorubás na África e no Novo Mundo. Salvador: Corrupio, 1981 (capítulo dedicado a Oxóssi: el itan de Oxotokanxoxô y el origen del nombre, el culto en Ketu, la difusión americana).
- PRANDI, Reginaldo. Mitologia dos Orixás. São Paulo: Companhia das Letras, 2001 (corpus de itans de Oxóssi/Odé: el encantamiento de Ossaim, el cazador de la flecha única, entre otros).
- Documentación etnográfica y sacerdotal del Rio Grande do Sul sobre el culto conjunto de Odé y Otim en las Naciones Cabinda, Ijexá, Jeje y Nagô del Batuque: saludo, días, números, colores y guias, herramientas, adjuntós y passagem, ofrendas, sincretismos, el cántaro de Otim, el río Otim entre Ilorin e Ibadán, la obligación de asentar a ambos y los itans del origen de Otim conservados en la tradición del sur.
- Fundamento y transmisión oral propios de la Nación Nagô-Jeje del Batuque.
Nota editorial: esta entrada forma parte de la Serie Orixás del Batuque. El texto actual fue revisado y actualizado en 2026 y reemplaza la versión publicada originalmente en esta fecha.