Lo sagrado no es contenido: transmisión, resguardo y responsabilidad en la religión africanista
Publicado el septiembre 02, 2023
Por el Babalorixá Ezequiel Ruiz de Iemanjá, Tradición Nagô-Jeje
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que muchos de nosotros miramos las redes sociales con esperanza. Por primera vez teníamos una herramienta propia para contar lo que siempre habían contado otros: la prensa policial, el prejuicio del barrio, la burla de sobremesa. Parecía que al fin íbamos a poder mostrar que detrás de un tambor, de una comida ofrecida o de un color de guía hay historia, jerarquía, ética, cantos y una forma entera de entender la relación entre el ser humano, la naturaleza, los Orixás y los que ya partieron.
En parte, eso ocurrió. Hoy un joven de cualquier provincia puede encontrar en su teléfono información que a mí me costó años de biblioteca y de escucha conseguir. Pero ocurrió también algo que no supimos ver a tiempo: lo sagrado empezó a convertirse en contenido. Y cuando lo sagrado se vuelve contenido deja de medirse con la vara de la tradición y pasa a medirse con la vara de la plataforma, que es otra, y que no conoce ni respeta nuestros tiempos.
Este texto no es una condena a la tecnología ni un llamado a escondernos. Es una reflexión, desde adentro de una casa de religión, sobre una diferencia que estamos perdiendo: divulgar una cultura no es lo mismo que exponer la intimidad religiosa de una comunidad.
Del rito al contenido
Una ceremonia sucede una sola vez. Tiene un lugar, una hora, un tambor que suena de una manera irrepetible, unas personas que llegaron preparadas, un Orixá que se presenta o no se presenta. Quien estuvo, estuvo. Esa condición de acontecimiento único es parte de lo que la vuelve sagrada.
En 1936 el filósofo alemán Walter Benjamin escribió un ensayo que hoy parece dirigido a nosotros. Sostenía que la reproducción técnica de una obra hace desaparecer lo que él llamó su aura: el "aquí y ahora" que la une a un lugar y a una tradición. Una copia puede estar en todas partes, pero ya no está en ninguna. Benjamin pensaba en la fotografía y el cine; nosotros lo vivimos con el celular. Un toque grabado desde tres teléfonos, recortado en quince segundos y subido con música de fondo sigue mostrando imágenes de una ceremonia, pero ya no es la ceremonia. Es su sombra, puesta a circular en un espacio donde compite con recetas, bailes y peleas.
Treinta años después, el francés Guy Debord describió una sociedad en la que todo lo que antes se vivía directamente pasa a convertirse en representación. La llamó la sociedad del espectáculo. El espectáculo no es solo un conjunto de imágenes, advertía, sino una relación entre personas mediada por imágenes. Ahí está el cambio profundo: la relación del hijo con su Orixá, del menor con su mayor, de la comunidad con sus muertos, empieza a pasar por la pantalla y por la mirada de un público que no estuvo, no se preparó y no forma parte.
No me interesa discutir si las redes son buenas o malas. Me interesa una pregunta más incómoda: ¿seguimos compartiendo conocimiento religioso, o estamos produciendo contenido religioso? Se parecen, pero no son lo mismo.
Lo sagrado es lo que se aparta
Cuando Émile Durkheim, uno de los fundadores de la sociología, quiso definir la religión en 1912, no empezó por los dioses. Empezó por una separación. Lo sagrado, dijo, es aquello que una comunidad pone aparte y rodea de prohibiciones; lo profano es lo común, lo que está al alcance de cualquiera. Mircea Eliade, historiador de las religiones, agregó que el espacio sagrado no es homogéneo: tiene un umbral, una puerta que marca un adentro y un afuera, y cruzarla cambia la condición de quien entra.
Nuestras casas lo saben sin necesidad de citar a nadie. El quarto de santo no es un cuarto más de la vivienda. El pejí no es un mueble. Hay lugares a los que se entra descalzo, otros a los que no entra cualquiera, momentos en los que se baja la cabeza y momentos en los que se guarda silencio. Esa arquitectura de umbrales no es un capricho: es la forma material que tiene la religión de decir esto es distinto.
La cámara, en cambio, no reconoce umbrales. Todo lo que cabe en su encuadre se vuelve igualmente visible. Por eso, cuando alguien filma sin criterio lo que ocurre del otro lado de la puerta, no solo "muestra" algo: borra la separación que lo hacía sagrado. Lo lleva al terreno de lo común, y eso, en el sentido más literal y antiguo de la palabra, es profanar: sacar algo del templo (fanum) y ponerlo delante de él, a la vista de todos.
La palabra es fuerte, así que vale aclararla. Contar nuestra historia no es profanar. Explicar quiénes son los Orixás no es profanar. Denunciar la discriminación no es profanar. Mostrar con respeto que existimos no es profanar. La profanación empieza cuando lo que tiene un carácter religioso específico es arrancado de su contexto, expuesto sin criterio y transformado en espectáculo, entretenimiento o mercancía. Muchas veces la diferencia no está en el objeto que se muestra, sino en cómo, para quién, por qué y con qué intención se muestra.
La palabra que se entrega de mano en mano
El escritor y sabio maliense Amadou Hampâté Bâ dejó una frase ante la UNESCO en 1960 que recorrió el mundo: en África, cuando muere un anciano, es una biblioteca la que arde. Menos citado, pero más importante para nosotros, es su estudio sobre lo que llamó la tradición viviente, publicado en la Historia General de África. Allí explica que en las sociedades de tradición oral la palabra no es un simple vehículo de información: es una fuerza, está ligada a quien la pronuncia y a quien la recibe, y el maestro no entrega todo a todos, sino a cada uno según su preparación y su momento.
Las religiones de matriz africana que se reconstruyeron en América heredaron esa lógica. El mayor enseña al menor, y lo que enseña no llega suelto: llega con un tiempo, con una conducta esperada, con una jerarquía y con una responsabilidad. Aprender un canto no es solo memorizar una letra; es saber cuándo se canta, en qué orden, para quién, con qué toque y qué cosas no se hacen mientras suena.
Internet nos acostumbró a creer que toda información debe estar disponible ya, y ahí cometemos un error serio: confundir información con conocimiento. Una persona puede ver cien videos sobre una práctica y seguir sin entenderla. Puede nombrar todos los elementos de una ofrenda y no saber para qué sirve ninguno. Puede repetir palabras en yorùbá y no saber lo que está diciendo. Puede mirar un ritual completo y seguir ignorando por qué se hace, quién puede hacerlo, cuándo corresponde y qué responsabilidades trae.
El conocimiento religioso no consiste solamente en saber. Consiste en saber cuándo, cómo, con quién y para qué usar lo que se sabe. Esa segunda parte no entra en ningún video, porque no es información: es formación.
Fundamento no es sinónimo de misterio
En redes circula una idea deformada de lo que significa "fundamento". Se lo presenta como algo oscuro, prohibido, casi morboso, y justamente por eso atrae clics: "el secreto que nadie te cuenta", "lo que tu pai no quiere que sepas". Esa manera de hablar le hace un daño enorme a la religión, porque la muestra como un club de secretos cuando en realidad es una escuela de responsabilidades.
En lengua yorùbá existe una palabra que ayuda a entenderlo: awo. Suele traducirse como secreto o misterio, y de ahí viene babaláwo, el padre del awo, el sacerdote de Ifá. Pero el awo no es un secreto en el sentido de chisme guardado. Es un conocimiento profundo que se recibe por etapas y que solo tiene sentido dentro del camino de quien lo recibe. No se oculta por miedo a que se sepa, sino porque fuera de su lugar no funciona, o funciona mal.
Hay enseñanzas que corresponden a determinadas etapas de la formación. Hay saberes que pertenecen a ciertos cargos dentro de una casa. Hay prácticas cuya explicación exige haberlas vivido. Hay ceremonias que nunca fueron pensadas para ser observadas desde afuera. Preservar todo eso no es ocultar la religión: es responsabilidad cultural.
La lógica del algoritmo y la lógica del axé
Las plataformas no son espacios neutrales. Están diseñadas para retener la atención el mayor tiempo posible, porque de eso viven. Premian lo que sorprende, lo que indigna, lo que se comparte rápido. No es una teoría conspirativa: es su modelo de negocio. El problema aparece cuando empezamos a ajustar nuestra religión a esas reglas sin darnos cuenta.
| El algoritmo pide | La tradición enseña |
|---|---|
| Inmediatez: todo ya, todo ahora | Tiempo: hay cosas que se aprenden con años de casa |
| Lo llamativo y lo extremo | Lo profundo, que casi nunca es espectacular |
| Polémica, porque genera comentarios | Prudencia, porque la palabra tiene peso |
| Visibilidad total | Umbrales: un adentro y un afuera |
| El individuo como marca personal | La comunidad, el linaje, los mayores |
| Explicaciones de treinta segundos | Explicaciones que llevan una vida |
| Métricas: vistas, seguidores, "me gusta" | Conducta: cómo vivís lo que decís creer |
Una publicación puede tener un millón de reproducciones y estar equivocada. Puede volverse viral y estar completamente fuera de contexto. Puede ser atractiva y culturalmente irresponsable. Puede ser técnicamente correcta y, aun así, no ser apropiada para exponerse. Ninguna de las métricas que muestra la aplicación mide el valor espiritual de lo que se publicó. Un ritual no se vuelve más importante por tener más vistas, ni un fundamento más verdadero por tener más "me gusta", y una ceremonia no pierde nada por haber sido presenciada solamente por quienes correspondía que estuvieran.
La popularidad no es legitimidad.
De la autoridad de la casa a la autoridad de la audiencia
Antes de las redes, la autoridad religiosa se construía despacio: pertenencia a una casa, años de obligación, un linaje reconocible, la palabra de los mayores, el respeto ganado en la comunidad. Las redes trajeron otra forma de autoridad, la de la audiencia. Hoy alguien puede ser conocido por miles de personas que jamás compartieron una ceremonia con él, hablar de religión todos los días y construir una identidad entera alrededor de la espiritualidad. Con el tiempo, esa visibilidad se confunde con saber.
No digo que quien está en redes no sepa. Hay religiosos serios que usan muy bien estas herramientas. Digo algo más simple: la cantidad de seguidores no alcanza para medir la autoridad religiosa de nadie. La pantalla no muestra la trayectoria completa de una persona, ni sus obligaciones, ni quién la hizo, ni cómo trata a sus hijos de santo cuando se apaga la cámara.
Y a quienes ocupamos un lugar de enseñanza nos toca una responsabilidad mayor. Una explicación nuestra, incorrecta o apurada, puede convertirse en doctrina para alguien que recién empieza. Una costumbre de nuestra casa puede ser presentada como si representara a toda la tradición. Por eso es tan importante acostumbrarnos a decir: "esto es así en mi casa", "esto corresponde a tal nação", "esta es una interpretación", "esto tiene varias formas". Reconocer los límites de lo que uno sabe no debilita la autoridad. La demuestra.
Sacerdotes de pantalla: cuando la fe se vuelve estafa
Hay un fenómeno que ya no se puede callar, porque lo vemos todas las semanas. Personas que jamás fueron consagradas, que nunca cumplieron una obligación, que no pueden nombrar quién les hizo la cabeza ni a qué casa pertenecen, se presentan en redes como pais, mães, babalorixás o "sacerdotes de Ifá". Leyeron algo, miraron muchos videos, aprendieron a usar las palabras justas y a vestirse como corresponde en cámara. Y descubrieron algo que para ellos es lo más importante de todo: detrás de una pantalla hay una veta económica.
No hablo de quien estudia y comparte con honestidad lo que sabe, aclarando desde dónde habla. Hablo de quien se inventa una investidura para cobrar. Su método casi siempre es el mismo: un mensaje general, dramático y lo bastante vago como para que cualquiera se sienta aludido. "Hay alguien que te tiene envidia." "Tenés un trabajo hecho." "Tu Orixá está enojado con vos." "Esta semana se te abre un camino si hacés esto." Del otro lado hay una persona que está pasando un mal momento: una separación, una enfermedad, una deuda, un hijo que se fue de casa. Esa persona escribe por mensaje privado, y ahí empieza el negocio.
Estos falsos sacerdotes no le roban solo dinero a la gente. Le roban algo más grave: la confianza en la religión. Quien fue estafado por alguien que decía hablar en nombre de los Orixás difícilmente vuelva a acercarse a una casa seria. Y mientras tanto, los mensajes erróneos y los inventos que difunden se multiplican, se copian y terminan pasando por "fundamento" ante personas que no tienen cómo distinguir. Así el daño se vuelve doble: a la víctima y a la tradición entera, que carga con la mala fama que otros fabricaron.
Señales para reconocer a un falso sacerdote
- No puede decir de dónde viene. Un religioso consagrado sabe nombrar a su pai o mãe de santo, su casa, su nação y su linaje, y no tiene problema en hacerlo. Quien evade esa pregunta o responde con misterio está mostrando lo que le falta.
- Trabaja con miedo y con urgencia. "Si no hacés esto hoy, te va a pasar algo." La religión de los Orixás no funciona por amenaza ni por cuenta regresiva. La urgencia es una técnica de venta, no un mensaje espiritual.
- Adivina por mensaje privado a desconocidos. Nadie serio escribe a un extraño para decirle que "vio algo en su camino" y ofrecerle una solución paga.
- Promete resultados garantizados. Amarres, "retorno del ser amado en siete días", curas seguras, dinero rápido. Ningún religioso responsable garantiza lo que depende de la vida, de la voluntad de otras personas o de los Orixás.
- Cobra cada vez más. Primero una consulta, después un "trabajo", después otro porque "el primero no alcanzó", después uno "más fuerte". La cadena no termina nunca, porque el objetivo nunca fue resolver nada.
- Aísla a la persona. Le dice que no cuente nada a su familia, que desconfíe de todos, que solo él puede ayudarla.
- Desaconseja al médico. Esta es la señal más peligrosa. Ningún religioso serio le pide a alguien que abandone un tratamiento médico o psicológico. Los Orixás acompañan la medicina; no la reemplazan.
Las casas serias también tenemos una responsabilidad en esto. Callar ante el estafador "para no generar conflicto entre religiosos" es dejarle el campo libre. No se trata de iniciar cacerías ni de escrachar a nadie en redes, sino de hablar claro con nuestros hijos, con quienes nos consultan y con la comunidad: explicar cómo funciona una casa verdadera, qué es normal y qué no, y decir sin miedo que la fe no se compra por transferencia.
La formación del babalorixá: camino, conducta y equilibrio
Si el falso sacerdote es el que se inventa una investidura, la pregunta de fondo es qué hace falta para ser un verdadero babalorixá o una verdadera yalorixá. Y acá conviene empezar por un recuerdo que es, a la vez, un homenaje.
Nuestros mayores no sabían leer, y sabían
Muchos de los antiguos, los que sostuvieron esta religión en tiempos de persecución y la trajeron hasta nosotros, fueron analfabetos. No por falta de inteligencia, sino porque la esclavitud primero y la pobreza después les negaron la escuela. Y sin embargo guardaban en la memoria cientos de cantigas en el orden exacto, conocían las hojas por el olor y por el tacto, sabían las comidas de cada Orixá, los toques, las prohibiciones y las historias. Eran bibliotecas vivientes, en el sentido más literal de la frase de Hampâté Bâ.
Nadie debería usar el analfabetismo de aquellos mayores para restarles autoridad. Su formación fue otra, pero fue formación: años de casa, de servicio, de obligaciones cumplidas, de escuchar antes de hablar, de ganarse el respeto de una comunidad que los había visto crecer. Esa es la base que ningún título reemplaza, y que ninguna cámara puede fingir.
Lo que hoy se nos pide
Ellos no pudieron estudiar. Nosotros sí podemos, y eso cambia nuestra responsabilidad. A un babalorixá no se le exige un título universitario; se le exige camino, conducta y fundamento. Pero quien hoy tiene acceso a la educación y elige no usarlo, queda en deuda con aquellos que habrían dado cualquier cosa por tenerla. Leer la historia de nuestra religión, conocer la investigación seria, saber distinguir una fuente confiable de un invento, cuidar la ortografía de lo que escribimos en nombre de nuestra casa: todo eso también es honrar a los que vinieron antes.
La formación del religioso tiene, entonces, dos patas que no se reemplazan una a la otra. La primera es la formación en la casa: la consagración, las obligaciones, los años, el linaje, la palabra de los mayores. La segunda es la formación como persona: estudio, oficio, trabajo, capacidad de sostenerse en la vida sin depender de lo que cobra por la religión. Un babalorixá que vive de su trabajo es libre para decir la verdad, aunque esa verdad no le convenga económicamente. Uno que depende de cada consulta para pagar el alquiler está, lo quiera o no, más cerca de la tentación de decir lo que el otro quiere escuchar.
El equilibrio de quien recibe a otros
Hay algo de lo que se habla poco y que para mí es central: el equilibrio emocional y mental de quien dirige una casa. A la puerta de un pai o una mãe de santo llegan personas en los peores momentos de su vida: duelo, enfermedad, violencia, desesperación. Quien las recibe tiene en sus manos algo muy delicado. Si no está bien plantado, si actúa desde el ego, la necesidad de ser admirado, el enojo o sus propias heridas sin resolver, puede hacer muchísimo daño, aun sin proponérselo.
Tener equilibrio no significa no tener problemas; todos los tenemos. Significa conocerse, saber cuándo uno no está en condiciones de atender a otro, pedir ayuda cuando la necesita y no usar la autoridad religiosa para manejar la vida de los demás. Significa también reconocer los límites de la religión: derivar al médico, al psicólogo o al abogado cuando corresponde, sin sentir que eso le quita poder al Orixá. El religioso maduro sabe que su tarea es acompañar, orientar y sostener, no reemplazar a todo el mundo ni convertirse en el centro de la vida de sus hijos.
Un babalorixá formado se reconoce menos por lo que muestra y más por lo que hace con quienes confían en él. Por eso, al final, la pregunta que distingue al verdadero del falso no es cuántos seguidores tiene, sino algo mucho más simple: ¿las personas que pasan por su casa salen más libres o más atadas?
Cuando la fe entra al mercado
Las redes abrieron posibilidades económicas legítimas. No voy a hacerme el distraído: quien escribe estas líneas también publica, escribe libros y los ofrece desde este mismo sitio. Vivir de un trabajo intelectual o cultural no tiene nada de malo. La pregunta es qué se vende y qué no.
El problema empieza cuando el deseo de monetizar decide qué parte de la religión se muestra. Cuando una ceremonia se sube porque "funciona bien". Cuando se fabrica una polémica porque trae comentarios. Cuando una práctica se exagera porque suma reproducciones. Cuando una enseñanza se simplifica hasta deformarla porque la explicación profunda "no vende". Cuando el conocimiento religioso empieza a tratarse con la misma lógica que un producto de temporada.
Para mí la línea es clara: se puede ofrecer el fruto de un estudio, de una investigación, de un trabajo de escritura o de traducción. Lo que no se vende es el axé de una casa, la intimidad de un ritual ni la cabeza de un hijo de santo. Una cosa es cobrar por el trabajo propio; otra muy distinta es comerciar con lo que se nos confió.
¿Estamos usando las herramientas digitales para servir a nuestra cultura, o estamos usando nuestra cultura para alimentar a las herramientas digitales?
Los que no pueden decir que no
De todo esto, lo que más me preocupa es otra cosa. Cuando se filma una ceremonia no aparecen solamente objetos o espacios: aparecen personas. Y muchas de esas personas, en ese momento, no están en condiciones de aceptar o rechazar ser grabadas.
Quien está ocupado por su Orixá
La persona en trance no está disponible como individuo para dar su consentimiento. Su cuerpo, en ese momento, está al servicio de algo que la excede. Filmarla y publicar esas imágenes es exponer el momento de mayor entrega y vulnerabilidad de un creyente sin que haya podido decidir nada. Muchos hijos de santo han sufrido consecuencias en su trabajo, en su familia o en su barrio por un video que alguien subió "de buena fe".
Los niños
En ceremonias como la Mesa de Ibeji los protagonistas son niños. Sus caras, sus nombres y sus casas no deberían circular por internet para ilustrar la devoción de un adulto. Un chico que hoy se sienta a la mesa puede ser mañana un adolescente al que sus compañeros molestan por un video que nunca eligió. Cuidar a los inocentes también es cuidarlos de la exposición.
Los mayores y los que ya partieron
Hay mayores que no quieren ser filmados y cuya voluntad se atropella porque "es para homenajearlos". Y hay ritos vinculados a los muertos, a los Eguns, que por su propia naturaleza no admiten espectadores. Ahí no hay nadie a quien pedirle permiso; hay una comunidad y una tradición que ya dijeron cómo se hace.
El fragmento que viaja solo
Las redes tienen una característica especialmente peligrosa para las religiones tradicionales: separan con muchísima facilidad una imagen de su contexto. Alguien ve diez segundos de una ceremonia sin saber qué pasó antes ni qué pasará después. Observa elementos sin saber por qué están ahí. Escucha una palabra sin conocer su significado. Interpreta un gesto desde parámetros que no tienen nada que ver con la tradición. Y después lo repite.
Así empieza una cadena de deformaciones que cualquiera de nosotros vio alguna vez. Primero se publica algo fuera de contexto. Otro lo copia. Un tercero lo explica a su manera. Un cuarto lo convierte en regla. Y al final alguien que jamás pisó una casa afirma con total seguridad que eso es "fundamento". En pocas semanas nace una falsa verdad digital, y esas verdades tienen una propiedad inquietante: cuanto más se repiten, más verdaderas parecen. Pero la repetición no convierte un error en fundamento.
Hay además un efecto que golpea directamente a nuestras comunidades. Los fragmentos sacados de contexto son la materia prima favorita de la intolerancia religiosa. El mismo video que un hermano subió con orgullo termina, días después, recortado en una cuenta que nos presenta como salvajes, peligrosos o ridículos. Lo que se quiso mostrar como fe vuelve convertido en prueba de acusación. Exponer sin criterio no solo daña lo sagrado: también le entrega armas a quienes todavía nos persiguen.
Guardián, no propietario
Hay una frase que deberíamos repetirnos cada vez que vemos un teléfono levantado frente a una ceremonia: lo que puedo grabar no necesariamente me pertenece. Estar dentro de una casa, haber sido invitado, incluso formar parte de la comunidad, no convierte a nadie en dueño de lo que ahí ocurre. Una ceremonia no se transforma en propiedad privada porque alguien consiguió filmarla.
Pasa algo parecido con los saberes. Cada vez es más frecuente escuchar "mi ritual", "mi método", "mi secreto", como si una tradición de siglos hubiera nacido en la cabeza de quien la publica. Las tradiciones religiosas son construcciones colectivas, herencias transmitidas por generaciones de personas que muchas veces pagaron con su libertad o con su vida el derecho a seguir practicándolas. Quien recibe una tradición no se convierte en su dueño. Se convierte en su guardián.
El propietario piensa: "esto es mío". El guardián piensa: "esto me fue confiado". Esa diferencia, que parece mínima, cambia por completo la manera de relacionarse con el conocimiento.
La tradición yorùbá tiene un concepto que resume esa actitud: ìwà pẹ̀lẹ́, el carácter sereno, templado, el buen carácter que según los estudiosos de Ifá es la cualidad más valorada en una persona religiosa. En el pensamiento yorùbá se dice que la belleza física pasa y que lo que permanece es el carácter. Un religioso no se mide por lo que muestra de su religión, sino por cómo la custodia y cómo la vive.
El silencio también enseña
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que vive y enseña en Alemania, viene advirtiendo desde hace años sobre lo que llama la sociedad de la transparencia: una época que exige que todo sea visible, explicado, expuesto, y que desconfía de cualquier cosa que se guarde. En un libro más reciente, La desaparición de los rituales, sostiene que los ritos son formas de habitar el tiempo que nos dan estabilidad, y que la compulsión por comunicarlo y producirlo todo los está disolviendo.
Leído desde una casa de religión, el diagnóstico se entiende enseguida. En una sociedad acostumbrada al ruido, el silencio parece ausencia o ignorancia. Dentro de una tradición espiritual puede ser exactamente lo contrario. A veces callar quiere decir: esto merece otro contexto; esto no me corresponde explicarlo a mí; esto pertenece a quienes fueron preparados para recibirlo; esto no necesita ser espectáculo para existir.
Hay experiencias cuyo valor no aumenta al ser mostradas. Conocimientos que se aprenden sin volverse tutorial. Ceremonias que se celebran sin cámara. Momentos que quedan en la memoria de los que estuvieron. Y eso no los hace menos importantes: tal vez sea parte de lo que los vuelve valiosos. Aprender a callar cuando corresponde es tan importante como aprender a hablar, y probablemente sea una de las enseñanzas más difíciles de nuestro tiempo, porque internet premia la exposición y la tradición, muchas veces, pide reserva.
No tenemos que escondernos. Tenemos que aprender a protegernos.
Ocultar una religión es negar que existe. Protegerla es respetar sus límites. Nuestra historia merece ser conocida, nuestros mayores merecen reconocimiento, nuestros Orixás merecen respeto y nuestra cultura merece ser explicada correctamente. Nada de eso obliga a transmitir en vivo cada ceremonia ni a convertir cada fundamento en tutorial. La existencia de una puerta no obliga a abrirla.
Qué se puede compartir y qué no
Cada casa tiene su criterio, y la última palabra la tienen siempre el pai o la mãe de santo. Pero como orientación general, a partir de lo que vengo conversando durante años con religiosos de distintas nações, propongo pensar lo que publicamos en tres niveles:
| Nivel | Qué incluye | Cómo tratarlo |
|---|---|---|
| Abierto | Historia de la religión, llegada de las nações al Río de la Plata, biografías de mayores ya reconocidos, significado general de los Orixás, valores y ética, lucha contra la discriminación, investigaciones y libros publicados. | Se puede y se debe divulgar, con fuentes y con el cuidado de aclarar cuándo algo es propio de una casa. |
| Con permiso | Fiestas públicas, toques abiertos a la comunidad, fotos de la casa decorada, testimonios de mayores, cantos que se cantan en público. | Solo con autorización de quien dirige la casa y de las personas que aparecen. Sin trances, sin niños identificables, sin el quarto de santo. |
| Reservado | Iniciaciones, obligaciones y sacrificios, el interior del pejí, preparados y procedimientos, rezos de fundamento, personas ocupadas por su Orixá, ritos de Eguns, ceremonias con niños. | No se graba ni se publica. Se vive, se aprende y se guarda. |
Antes de publicar
Quizás la mejor práctica para quienes producimos contenido sobre religión sea detenernos unos segundos antes de tocar el botón y hacernos algunas preguntas honestas:
- ¿Esto que voy a mostrar es realmente mío para mostrarlo?
- ¿Tengo autorización de mi casa y de las personas que aparecen?
- ¿Hay alguien en la imagen que no pudo decir que no?
- ¿Estoy explicando, o estoy buscando provocar?
- ¿Estoy educando, o solamente buscando reproducciones?
- ¿Qué va a aprender sobre nuestra religión alguien que no la conoce y ve esto?
- ¿Qué pasaría si este video llegara a manos de alguien que quiere atacarnos?
- ¿Esta publicación va a seguir siendo digna dentro de diez años?
- ¿Estoy ayudando a preservar la tradición, o contribuyendo a deformarla?
No todas las respuestas serán iguales para todos. Pero hacerse las preguntas ya es un cambio enorme, porque desplaza la cuestión de cuántos van a ver esto a qué estoy haciendo con lo que me fue confiado.
A quienes están empezando
No tengan vergüenza de preguntar ni crean que tienen que saberlo todo de inmediato. No confundan internet con iniciación, seguidores con sabiduría ni viralidad con fundamento. Busquen a sus mayores. Escuchen, observen, pregunten cuando corresponda y acepten que algunas respuestas llegan con el tiempo. Hay cosas que solo se entienden después de haber caminado. Y un consejo que les doy siempre a los más jóvenes: la religión no se vive por "me gusta". Estudien, trabajen, formen su carrera. Un religioso con formación y con oficio honra mucho más a su Orixá que uno que busca en la pantalla un lugar que no encontró en la vida.
A quienes enseñan
Nuestras palabras duran más que nosotros. Lo que explicamos a la ligera puede repetirse durante años como si fuera ley. Distingamos siempre entre opinión y fundamento, entre lo de nuestra casa y lo de toda la tradición. Respetemos a las otras casas y a las otras formas: las diferencias entre nações no son errores, son la prueba de que la religión sobrevivió por muchos caminos.
A quienes tienen la cámara en la mano
Podemos construir páginas serias, escribir artículos extensos, documentar historia, conversar con los mayores y registrar sus testimonios con permiso, recuperar fotografías antiguas, corregir prejuicios y hablar de nuestra cultura con orgullo. Todo eso es presencia digital valiosa, y se puede hacer sin entregar lo que pertenece a la intimidad de nuestras casas. La herramienta tiene que estar al servicio de la cultura, y no la cultura al servicio de la herramienta. Podemos abrir las puertas de nuestra cultura sin arrancar las puertas de nuestros espacios sagrados.
Raíces
Las generaciones que nos precedieron tuvieron que resistir otras cosas: la persecución policial, la clandestinidad, la vergüenza impuesta, la necesidad de esconder a los Orixás detrás de los santos para poder seguir rezándoles. Y aun así transmitieron. Nuestro desafío es distinto, pero no menor: preservar el significado en medio de un océano de información. Hoy podemos ver cientos de ceremonias sin comprender ninguna, escuchar cientos de explicaciones sin conocer la tradición, seguir a cientos de personas sin saber quién puede realmente enseñarnos. La tarea ya no es solo que nuestra cultura sea visible, sino que sea comprendida sin ser deformada.
A quienes sienten que todo esto se está perdiendo, les digo algo que aprendí de mis mayores: una tradición no desaparece porque algunos la presenten mal. Un fundamento no pierde su valor porque alguien lo convierta en contenido. La ancestralidad no depende de un algoritmo, y lo sagrado no necesita demostrar que existe.
Sigan aprendiendo, sigan escuchando a quienes tienen conocimiento y camino, sigan respetando a sus mayores, sigan investigando y preguntando. Transmitan lo que corresponde transmitir y protejan lo que les fue confiado. Tal vez nuestra mayor responsabilidad no sea lograr que todo el mundo vea nuestra religión, sino que quienes lleguen después todavía encuentren una tradición viva, digna y respetada. Que encuentren conocimiento y no solo contenido; una tradición viva y no una mercancía.
Recibir un fundamento no nos hace dueños de él: nos hace responsables de custodiarlo. Una generación fuerte no es la que muestra todo lo que sabe, sino la que sabe qué enseñar, qué aprender, qué respetar y qué proteger.
Y mientras haya personas dispuestas a escuchar, aprender y transmitir con responsabilidad, nuestra religión va a seguir teniendo fuerza. No porque necesite conquistar las redes, sino porque tiene raíces. Y lo que tiene raíces profundas puede atravesar muchas tormentas sin dejar de ser árbol.
Que nuestros Orixás sean honrados, que nuestros mayores sean respetados y que nuestras casas sepan enseñar, pero también sepan guardar.
Lecturas que acompañan esta reflexión
- Benjamin, Walter. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936).
- Debord, Guy. La sociedad del espectáculo (1967).
- Durkheim, Émile. Las formas elementales de la vida religiosa (1912).
- Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano (1957).
- Hampâté Bâ, Amadou. "La tradición viviente", en Historia General de África, vol. I, UNESCO.
- Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia (2012) y La desaparición de los rituales (2019).
- Abímbọ́lá, Wándé. Ifá: An Exposition of Ifá Literary Corpus. Ibadan: Oxford University Press Nigeria, 1976.
- UNESCO. Principios Éticos para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (2015).
- República Argentina. Código Civil y Comercial de la Nación, artículo 53 (derecho a la imagen).
- República Argentina. Código Penal de la Nación, artículos 172 (estafa) y 208 (ejercicio ilegal de la medicina).
Babalorixá Ezequiel Ruiz de Iemanjá
Religioso de la Tradición Nagô-Jeje del Batuque. Estudia por cuenta propia la historia de las religiones de matriz africana en el Río de la Plata y cursó una diplomatura en diversidad religiosa en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Autor de Génesis del Batuque: guía de introducción para jóvenes y principiantes, Los Orixás del Batuque: de Bará a Oxalá y Raíz y Destino: el Batuque Nagô-Jeje. Dirige el proyecto Umbanda Orixá, dedicado a la divulgación responsable de la religión.
Sobre el autor · Libros en Google Play · Podcast en Spotify · Facebook
Si este texto te hizo pensar, compartilo con tu casa y dejá tu mirada en los comentarios. Las diferencias entre nações enriquecen la conversación siempre que se hablen con respeto.
Nota editorial: esta entrada ocupa la dirección de una publicación de septiembre de 2023; el texto actual se publicó en septiembre de 2026.
